Ciclo C

DOMINGO XXIV T.ORDINARIO (ciclo C). 11 de septiembre de 2016

 

Ex 32,7-11.13-14: “¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo…?”

Sal 50,3-4.12-13.17.19: Me pondré en camino adonde está mi padre.

Timoteo (1,12-17): Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio.

Lc 15,1-32: Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

 

¡Alegría! La sola palabra causa simpatía. Está asociada a la felicidad y a una vida deseable. También viene asociada a veces a un estado de efervescencia o agitación que seguramente no tiene mucho que ver con una verdadera alegría. En las lecturas de este domingo se nos habla hasta tres veces de ella de forma explícita, otras más de modo sutil. Y se nos propone una de las mayores causas de alegría, aquella que provoca el mayor alborozo y contento entre los ángeles del cielo: el perdón.

 

                 Este perdón cuenta con una situación inicial de perjuicio; alguien ha producido un daño individual o colectivo. El evangelio lo llama también “pérdida” o incluso (en la parábola del padre misericordioso) “muerte”. Para que el perdón se produzca tiene que existir, indudablemente, una voluntad por parte de la persona herida de querer restablecer el vínculo roto con la otra persona, superando el dolor provocado mediante la consideración de la persona ofensora por encima de la ofensa causada. Es decir, valorar más la persona que el mal cometido por ella, porque cuando no hay perdón se subraya el mal y el daño hechos y se devalúa al ofensor. Pero, para que sea efectivo, tiene que existir también arrepentimiento, el reconocimiento del mal causado y la tristeza consecuente al tomar conciencia del daño producido. Así como en la ofensa hay existen dos partes, también en el perdón. No solo debe existir un perdón ofrecido, sino un perdón recibido y acogido. Esto provoca una alegría abundante en los habitantes del cielo.

 

¿Y en el caso de que haya arrepentimiento del que obró mal, para no perdón del ofendido? La parábola del padre misericordioso nos ilumina: aunque no existe misericordia por parte del hermano mayor, es el padre el que, en todo caso, perdona. Aunque alguien quiera retener el dolor causado y no perdonar, si la otra persona que obró mal se arrepiente, contará siempre con el perdón del Padre que es la fuente de la misericordia y que hace posible todo perdón. Entonces, curiosamente, el ofendido que no quiere perdonar se convierte en ofensor por la dureza de su corazón.

 

Volviendo a la alegría del perdón, las reconciliaciones son entrañables, suscitan ternura entre los espectadores y, cómo no, también alegría. La dificultad se encuentra en acercar para uno mismo esa alegría y ese deseo de perdón. ¿No estamos más bien dispuestos en aferramos a nuestras razones para no perdonar apelando al daño que se nos hizo o se les hizo a seres queridos? Sepamos que esto es preferir la tristeza a la alegría, algo insensato. Pero, además, nos convierte en pecadores y en amargados, porque renunciamos a la sonrisa de Dios en el perdón. Cuanto más difícil sea perdonar, más alegría. Cuanta mayor sea la ofensa perdonada, más regocijo. La alegría de quien encuentra “algo” perdido aumenta cuando se trata de “alguien” perdido y encontrado.

 

San Pablo comparte esa alegría, desde la parte del perdonado y nos describe que el perdón recibido de Dios aporta también la capacidad para un nuevo trabajo y deposita una sorprendente confianza en él. No solo lo habilita, sino que, además, le confiere una gran misión. Tan la fuerza renovadora y regeneradora del perdón. ¿Cómo no va a causar alegría?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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