Ciclo C

DOMINGO XXII T. ORDINARIO (ciclo C). 28 de agosto de 2016

 

Eclo 3,17-18.20.28-29: Procede con humildad y te querrán más que el hombre generoso.

Sal 67,4-5ac.6-7ab.10-11: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres

Hb 12,18-19.22-24a: Vosotros os habéis acercado… al Mediador de la nueva Alianza, Jesús.
Lc 14,1.7-14: Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

 

Parece que en aquel banquete al que fue invitado Jesús había muchos ojos pendientes de lo que hacían los demás. Los fariseos espiaban a Jesús para ver qué hacía, Jesús observaba a los convidados. No hay por qué negarle al ojo su oficio, porque para eso está. Pero, puestos a mirar, y a mirar conforme lo hacía el Maestro, nos puede resultar muy provechoso delimitar la trayectoria de nuestras miradas y su causa. Dicho de otro modo: ¿Hacia dónde dirigimos nuestros ojos? ¿Por qué? Al no poder atrapar toda la información que nos llega de fuera en modo de imágenes, seleccionamos las que más nos interesan. ¿Dónde ponemos nuestro interés? Nuestros ojos nos lo indican.

 

            Por una parte tenemos a los fariseos que observan a Jesús - es una actitud repetida en otros pasajes - para ver lo que hace y tener de qué acusarlo (el Evangelio utiliza el término “espiar”). La actitud de Jesús desconcertaba en sus palabras, gestos, acciones y, en general, en la nueva manera de relación con Dios como Padre misericordioso. Esto inquietaba a los que vivían de un modo determinado su religión, es decir, su comunicación con Dios. La forma con la que nos relacionamos con Dios da la pauta de la idea que tenemos de Dios. Si esperas con insistencia de los demás cierto tipo de aprobación por lo que haces, seguramente también crees que Dios te va a tasar por lo que hagas.

 

El Maestro nazareno vivía y enseñaba otra mirada muy diferente de Dios. Esto desconcertaba. Encontrar algo en su conducta que fuera reprobable era fundamental para demostrar que se equivocaba y deslegitimar esa nueva forma de mirar a Dios. Tenemos, por tanto, aquí unos cuantos ojos que miran a otros para el juicio y la condena. Esto los condiciona para ver en un sentido crítico severo y los incapacita para observar la persona en su conjunto y sus bondades.

 

            Por otra parte aparecen los ojos que quieren ser mirados. Son siervos de un corazón con deseo de apariencia frente a los demás. Esto suele suceder porque hay inseguridad interna e inmadurez y se ven necesitado de la aprobación y la admiración de los otros para sentirse bien. Lo observa Jesús en los convidados al banquete que buscaban los mejores puestos. Se exponían así a las miradas de los demás para ser juzgados como importantes. Para aquella sociedad el banquete tenía una relevancia bastante mayor incluso que la actual; la ubicación de los invitados era muy significativa. Pero, si el valor de una persona depende de cómo lo miren los otros, estamos concediéndole excesivo peso a las miradas ajenas, y muy poco a la de Dios, que nos mira como hijos muy queridos y da la medida de nuestro valor: la sangre de su Hijo derramada por amor. Por eso, tengamos el puesto que tengamos, reconocidos o no en la familia, el trabajo, entre los amigos, incluso de forma injusta e inmerecida, siempre estaremos en el centro de la mirada de nuestro Señor, que nos invita a acercarnos cada vez más a Él. La humildad nos libera de la necesidad de tener que estar pendientes de cómo los otros nos miran y nos hace descubrir la dulzura de la mirada de Dios, que nos ama incondicionalmente.

 

            Así observaba Jesús, no con el fin de reprochar unas actitudes que Él desaprobaba para avergonzar a quienes las tenían, sino para liberar de ataduras que hacen daño e impiden que el corazón se refresque en la bondad de Dios. Cristo mira para invitar a una mayor amplitud de miras por las que se contempla la acción de Dios nuestra vida, para abrir los ojos más allá de la pequeña realidad con la que nos conformamos, tan dependiente de la valoración que hacen otras personas de lo que soy. Pobres los ojos que miran severos para descalificar y pretenden ser mirados para suscitar admiración, porque han olvidado la entrañable mirada de nuestro Dios. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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