Ciclo C

DOMINGO XIV T.ORDINARIO (ciclo C). 3 de julio de 2016

 

Is 66,10-14c: Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.

Sal 65: Aclamad al Señor, tierra entera.

Gal 6,14-18: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Lc 10,1-12.17-20: "Está cerca de vosotros el Reino de Dios".

               

Un poco por delante del Señor, solo un poco y adonde Él diga. No como quien avanza para enseñar sus verdades y sus razones, sus preferencias y sus censuras. No como quien se queda rezagado para andar solo por los pasos que otros anduvieron, con seguridad, sin riesgo. Allá donde pida el Señor, con valentía, también con sensatez; sin que me supere el genio, pero sin que tampoco me falte esa chispa de firmeza. Porque no iré por mi cuenta, sino porque me lo manda el Señor y como me lo manda el Señor. Tomando Él la iniciativa para nosotros, no excusas para sentirnos incapaces ni creernos que somos nosotros los que lo podemos todo. Es su misión, es su lucha. Nosotros colaboramos… o nos resistimos.

           Más o menos así envió a setenta y dos de sus discípulos, treinta y seis parejas que anunciasen la venida del Reino de Dios. No solo hablaban, sino que también hacían prodigios. A ellos mismos les sorprendía que los demonios se les sometiesen en el nombre de Jesús. ¡Cuánto poder en el enviado de Cristo, mientras venga en nombre de Cristo! Luego pasaría el Maestro por aquellos mismos lugares para certificar que Él inauguraba el Reino, que era posible y cierto. No desconfió de sus enviados, y no era pequeña la tarea que les encomendaba. Todos llevaban la misma predicación del Reino, y cada uno sus modos particulares. Las instrucciones que recibieron eran generales, el resto quedaba a merced de la creatividad personal, sus capacidades y limitaciones. El Señor no exige uniformidad, sino obediencia y honestidad a su mensaje.

 

            Partieron de Cristo y volvieron a Cristo. La alegría superaría con creces los miedos de la salida. Les sorprendían las maravillas que habían hecho en nombre del Señor, como quien actúa con unos poderes increíbles y no acaba de creérselo, pero no llegaban a la mayor alegría, la de saberse inscritos en el libro de la vida, con sus nombres en el cielo. Porque no hay mayor alegría que compartir la alegría de Dios y no hay mayor tristeza que la del que no conoce la sonrisa divina. No hay motivos para entristecerse porque alguien no piense de la misma manera, tenga otras afinidades, sea completamente distinto en su forma de ser o actuar a la tuya… sino porque no conoce la alegría de Dios. Esa dicha solo se puede disfrutar en la medida en que se conoce la cruz de Cristo y nos gloriamos en ella, porque allí es donde la alegría de Dios ha manado a raudales sobre la tristeza del mundo y nos ha dado esperanza sin término. Hasta que toda la tierra no aclame al Señor, tenemos motivos para seguir siendo enviados por Cristo adelantándonos un poco adonde Él vaya después. Es más, en cuanto que lo anunciamos, ya lo estamos trayendo. Los demonios tienen miedo al nombre de Jesús; si lo pronunciamos en el camino, los espantaremos y nuestro corazón terminará por creer en la fuerza salvadora de Jesucristo. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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