Ciclo C

DOMINGO XIII T.ORDINARIO (ciclo C). 26 de junio de 2016

 

1Re 19,16b.19-21: Eliseo… se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

Sal 15,1-2a.5.7-8.9-10.11: Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Gal 5,1.13-18: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado

Lc 9,51-62: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”.

 

¿Qué tiene que ver Jerusalén con el cielo? En aquella ciudad se encontraba el único templo; según las tradiciones judías era el lugar donde Dios tenía el escabel de sus pies, donde se tocaban cielo y tierra. Acercarse a Jerusalén era allegarse a los pies de Dios. Por había frecuentes peregrinaciones hasta allí. El evangelio de Lucas no nos habla más que de una peregrinación de Jesús a Jerusalén de adulto (nos relata otra cuando tenía doce años y se quedó en el templo sin saberlo sus padres). El Señor emprendió este camino para aproximarse al cielo. Así lo dice el inicio del relato: “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”.

 

La vida de Jesucristo consiste fundamentalmente en un camino. De hecho Él habla de sí como “el Camino”. Éste es su último tramo. Desde Galilea, en la parte norte de Israel, donde había predicado con signos y prodigios, hasta la parte sur, en Judea, cuya capital era Jerusalén. Tenía que atravesar el país para llegar a su meta, que no era la casa de Dios en la tierra, el templo, sino la del cielo. Sin embargo, esta andadura final sigue los pasos de un trayecto más extenso, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, el camino de la salvación de Dios. Él que quiere que todos los de la tierra, los hombres, llegan al cielo, la casa de Dios. El camino de la misericordia.

 

            Jesús marcha con sus discípulos. Deben aprender del Maestro cómo se anda este camino. En contra de las leyes de la hospitalidad, los samaritanos no quieren recibirlos. Desde antiguo judíos y samaritanos guardaban una fuerte enemistad. Creían en el mismo Dios, pero cada uno miraba al otro con recelo, como un hereje. La respuesta al agravio por parte de Santiago y Juan fue visceral. Pedían fuego para acabar con ellos. Ese no es camino de misericordia. Jesús corrigió con regañina; era ampliar la mirada para que no se quedasen en la herida a su amor propio, sino en el propio amor de Dios que perdona. ¿Hacia dónde pensaban que caminaban? Jesús tenía muy presente el final de la cruz, donde murió perdonando.

 

            Y seguimos en camino… Uno pide seguir al Señor y Él advierte de que su vida consiste en caminar, renunciando a las seguridades del momento. Uno tiene siempre una casa donde regresar para descansar, resguardarse, ocultarse. El Hijo del hombre no tiene más casa que el mismo camino hacia Dios Padre; su seguridad es el corazón misericordioso de Dios. A otro le pide que le siga. La condición de esperar a enterrar a su padre es respondido por Jesús de forma muy severa: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Puede interpretarse como: los muertos espiritualmente, lo que han perdido la esperanza se quedan en la muerte, renunciar a caminar. Otro más quiere seguir a Jesús, pero le pide que le deje despedirse de su familia. Tampoco transige el Señor, quiere aclarar que ni siquiera los compromisos familiares pueden ser superiores a su seguimiento. 

 

No es cualquier camino, sino el de la libertad. Para ello nos ha liberado Cristo. Cuando escuchemos a nuestras entrañas pedir misericordia y no venganza; cuando sepamos que estos pasitos que estamos dando ahora en este momento de nuestra vida, no corresponde sino al gran Camino de la salvación trazado por Dios, donde se nos ofrece ir más allá de lo que nos apetece, lo que nos asusta, lo que vemos… entonces podremos ir ya saboreando el cielo, porque estaremos en camino hacia él. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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