Ciclo C

DOMINGO XI T. ORDINARIO (ciclo C). DÍA DEL MISIONERO DIOCESANO. 12 de junio de 2016

 

2Sm 12,7-10.13: “El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás”.

Sal 31,1-2.5.7.11: Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Gal 2,16.19-21: Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús.

Lucas (7,36–8,3): “Al que poco se le perdona, poco ama”.

 

Una casa en desorden dificulta la vida de los de dentro y espanta a los de fuera. Los de dentro acaban acostumbrándose, justificando la descolocación, quitándole importancia e incluso negándola. Los de fuera pondrán resistencias para entrar y buscarán esquivar cualquier invitación con excusas. El desorden no invita mucho a la convivencia. Produce malestar e intranquilidad,  y hasta puede llegar a incordiar el desorden… ajeno, porque el de la casa propia uno lo tolera con tranquilidad y hasta lo niega.

 

            Había una vez dos casas. Nos las presenta el evangelio de este domingo: la de un fariseo (donde se desarrolla la escena) y la de una pecadora (de la que desconocemos si tenía siquiera casa propia). El espacio físico que entendemos por casa pasa a ser el corazón de cada uno de estos dos: un corazón de cumplimiento religioso, respetable y ordenado, y un corazón trastabillado, desorganizado, desordenado; casa de fariseo y casa de pecadora. El primero invitó a Dios a compartir su mesa y lo recibió con los honores de un igual, sin especial bienvenida (pues, cuando se acogía a un personaje ilustre, el saludo y los preparativos se sofisticaban). La segunda, tal vez viéndose indigna de ofrecer a Dios su propia casa, salió a buscarlo y lo agasajó en una casa ajena con todo lo mejor que tenía, con lo mejor que podía, con lo mejor que sabía. Algunos de sus gestos, como enjugar los pies con sus cabellos y cubrirlos de besos, tenían el deje de su desorden, porque recordaban a los gestos de una prostituta.

 

            El suceso fue entendido de modo diferente por los personajes protagonistas. Para el fariseo anfitrión, Jesús era un farsante, que no era capaz de identificar siquiera a una pecadora y rechazarla por sus provocaciones. Para la mujer, allí había un hombre que aceptaba lo que ella era, una hija de Dios, que prevalecía sobre el desorden de su casa, y, no sólo, sino que acogía también sus gestos, como lo único que le podía ofrecer en clave de amor y no de juicio. Para Jesús, el fariseo no supo acoger lo que le traía Dios, y la mujer abrió por completo sus puertas para recibir la misericordia de su amor.

 

El paso de Jesús por la casa del fariseo no alteró en nada aquella casa, es más, fue motivo de escándalo para subrayar la diferencia de la casa farisea bien ordenada, con otras casas desordenadas. El paso de Jesús por el corazón de la mujer transformó su desorden en gestos de amor a Dios, y su misericordia puso en su sitio todo lo descolocado. Cuando nos damos cuenta de la grandeza de la visita de Jesucristo en nuestras vidas, sabiendo verdaderamente que es Él quien vive en mí (Gal 2,20), entonces descubrimos en nuestro corazón mucho desorden del que éramos inconscientes. También nos revela los juicios severos que hacemos contra los desórdenes de los demás. Y aún más: nos hace ver de otro modo las injusticias sociales y mundiales, a los que nos habíamos acostumbrado, como auténticos desórdenes que necesitan de la labor de los corazones donde habita Cristo para censurar, denunciar, y mover al cambio desde la misericordia. Un corazón que se sabe habitado por Cristo, quiere que todo corazón y todo rincón del mundo sea también su casa.

 

Esto mueve el espíritu misionero, que recordamos este “Día del misionero diocesano”. Su lema lo señala: “Rostros de la misericordia”, para allanar el camino para que el Señor llegue a nuevos hogares en lugares donde aún no se ha escuchado hablar suficientemente de Él, donde no se le invita a casa, porque se desconoce quién es.

 

Cuanto más casa de Dios sea nuestra diócesis, más también podrán acercarse estos hijos diocesanos a casas lejanas para llamar y presentarles a Dios para que entre… y se quede y nos haga descubrir tanto nuestro desorden como la belleza del orden de las otras casas. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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