Ciclo C

DOMINGO XXIII T. ORDINARIO (ciclo C). 4 de septiembre de 2022

Sb 9,13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?

Sal 89: Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Flm 9-10. 12-17: Recíbelo a él como a mí mismo.

Lc 14,25-33: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

 

El cuerpo nos habla a su modo y, por lo general, lo hace pidiendo. Se expresa con hambre para la comida, con la sed para el agua, con el cansancio para el reposo y sueño, con el frío para el abrigo… Más aún abriríamos el ámbito de su locuacidad en el ámbito de la salud. Sencillamente nos pide que lo cuidemos. Y en esto se va gran parte de nuestro tiempo, pero no agota nuestro proyecto vital, somos más que cuerpo, si bien también cuerpo, y esto no lo podemos obviar.

Mente y corazón dicen también sus peticiones. Nos soñamos de un modo determinado y, desde ahí, podemos implicar nuestro tiempo y recursos para conseguirlo. Queremos sentido para nuestras vidas. Será peligroso si no se cuenta con el cuerpo que somos, o escaso si se entiende que poco queda por hacer más allá del cuerpo. También nuestro pensamiento es limitado y, por eso, nuestros sueños pueden tornarse erráticos o arrancar ya claramente desviados. Sabemos que queremos algo con sustancia y sentido, pero no siempre el qué y el cómo.

            Para el hombre de la época y la tierra de Jesús muchas de las inquietudes personales las resolvían los vínculos familiares. A la hora de nombrarse a sí mismo cualquiera tenía que echar manos a sus relaciones de parentesco: hijo de…, padre de…, esposa de… No solo se procedía de una familia, sino que también se aspiraba a formar una y prolongar de este modo el linaje. A mismo tiempo, la prosperidad personal y familiar estaba asociada a unos bienes, imprescindibles para el sustento de la casa, pero también para la posición social.

            Jesús habla de estos dos elementos fundamentales e irrenunciables para darles un puesto inferior a una realidad más radical: el seguimiento del Hijo de Dios. Es el proyecto del que habla y nos ofrece para construir nuestra vida. Echando cuentas con seriedad, como lo hicieron el propietario de la torre y el rey del ejército, tanto el que quiere proteger y cuidar lo que ya tiene, como el que afronta nuevos retos con valentía, veremos en qué nos merece la pena implicar nuestro tiempo y nuestros recursos, con qué proyecto construir nuestra vida con propósito de sentido.

            El Espíritu nos da signos de cuál es nuestra meta y el deseo más necesario de nuestro corazón. No basta con saber escuchar al cuerpo y al pensamiento; para el que buscar la plenitud, dándose cuenta de que la desea, habrá de dialogar con el arquitecto de la gloria humana. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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