Ciclo C

DOMINGO VI DE PASCUA. 22 DE MAYO DE 2022

Hch 15,1-2.22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.

Sal 66: Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Ap 21,10-14.21-23: Su santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.

Jn 14,23-29: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. 

Una casa en ruinas invita poco a tomarla por vivienda. Otra cosa es el no tener más opción que vivir en ella. O bien hay que resignarse a habitar entre escombros u obviar la evidencia consolándose con que no está tan mal como parece o decidirse a su reconstrucción.

               No es infrecuente a lo largo de la historia que esta casa común en la que vivimos y compartimos, a la que podemos llamar sociedad o, más extensamente, humanidad, sea descrita como un edificio ruinoso. Y no faltan razones hoy para considerarlo también así. También los modos de gestión del hecho que se plantean suelen ser las mismas. Pero al cristiano solo le cabe la última: trabajar para su reforma y embellecimiento.

               El momento humano de máxima intensidad demoledora fue cuando asesinó a su Dios. Hasta aquí ha alcanzado nuestra capacidad destructiva. Aun así, a este mismo Dios maltratado no le valieron estas razones para abandonar la que hizo su casa, despechado y agraviado, sino que dejó una arquitectura portentosa para hacerla consistente, segura y aún más bonita. En el discurso de despedida de sus discípulos tras la Cena previa a su pasión y su muerte, les habló del amor, que venía de Dios Padre y que Él compartía con ellos para que ellos mismos fueran testigos y mensajes de esto mismo que les había enseñado con su palabra y su vida.

El tipo de amor constructor del Maestro recibe un nombre que indica una entrega generosa, desinteresada, valiente, empática, sensible, bella… el ágape. En este pasaje aparece como sustantivo o verbo cuatro veces; en todo el evangelio de Juan 46 veces. Es ambrosía divina, lo que viven y comparten el Padre y el Hijo en el Espíritu. Es lo que permite transformar un recinto inhóspito y decadente en una catedral rebosante de luz, armonía y belleza, como la visión de la Jerusalén celeste del libro del Apocalipsis, que representa a la Iglesia en todo su esplendor. Ese misma Iglesia a la que a lo largo de la historia tampoco le han faltado estancias fuertemente deterioradas o ruinas diversas.

Para el verdadero amor, y hay que hablar de verdadero porque no es difícil que se mezclen elementos ciertamente ajenos a él como intereses propios o apegos afectivos, es necesario exponerse a recibir sobre la cabeza y el cuerpo el impacto de cascotes desprendidos. Nos pide vulnerabilidad, porque solo a través de la sensibilidad de la piel expuesta se puede acceder al interior del corazón. También exige capacidad para contemplar el tiempo en su amplitud y no dar soluciones precipitadas o excesivamente parciales a lo que requiere una perspectiva temporal global. Esto requiere escucha, paciencia, espera. Lo saben los padres que no buscan satisfacer los reclamos eventuales de los hijos, por muy acuciantes que les parezcan, debido a que pueden paliar un mal parcial renunciando a un bien integral. También pide una revisión discernida sobre lo que realmente es provechoso y enriquecedor, lo que puede ser recomendable o lo que ata de modo innecesario generando unos vínculos que restan vigor y frescura. Este discernimiento en el Espíritu salvó a la Iglesia de los orígenes de apegarse a los ritos y tradiciones judías, ya inútiles para los creyentes que procedían de los ámbitos paganos.

El Maestro anunciaba su despedida para volver al Padre, mientras enseñando a amar, animaba a acometer la construcción de la casa por la que dio la vida desde el regalo del Espíritu Santo que se condensa en el amor trinitario ofrecido a los hombres. Por este amor, el bautismo nos ha convertido en albañiles portentosos para convertir una era de escombros en una sorprendente construcción de exquisita factura, de cimientos recios, de puertas abiertas, de paz. Es posiblemente aquello a lo que está llamado a ser la Iglesia en nuestro mundo: un espacio de belleza y verdad para que, entre la desolación, quien quiera pueda vivir fraternalmente el abrazo esperanzador de Dios y asuma la tarea de cooperar con Él en esta prodigiosa construcción. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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