Ciclo C

DOMINGO IV DE PASCUA (C). DEL BUEN PASTOR. 8 de mayo de 2022

Hch 13,14.43-52: “Yo te haré luz de los gentiles”

Sal 99: Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Ap 7,9.14b-17: El que se sienta en el trono acampará entre ellos.

Jn 10,27-30: “Mis ovejas escuchan mi voz”.  

Cada oveja va a lo suyo y, sin embargo, ¡qué gregarias son! ¡cuánto dependen del grupo! Obedecen a rutinas perpetuas y cualquier elemento extraño en su horario les desconcierta, a veces hasta el pavor.

No están pendientes del presente, sino de su presente, por lo que se les hace difícil vivir el tiempo con carácter de continuidad. Tampoco les preocupan las grandes cuestiones, sino tener la comida cuando sienten hambre, agua para la sed, descanso cuando están cansadas y vivir en la mayor tranquilidad posible. Viven una circularidad casi sin alteraciones y el ciclo se repite cabal.

Lo que piden no es demasiado, pero a Dios se le hace poco en la medida en que quiere que compartan con él eternidad. Entonces deberán aprender las cosas de Dios. Sin renunciar a las cosas de oveja habrán de hacerse más de su Señor y aspirar a un tiempo de mayor densidad.

Para ello Dios Padre les dio pastor. El que hace mirar por encima del pastor para que despeguen su mirada de lo inmediato y vayan aprendiendo una forma diferente de contemplar y experimentar; un novedoso modo de vivir el tiempo marcado, ya no por la biología y el ritmo natural, sino por el Señor de las horas. Con este fin Él les habla.

Las palabras se las lleva el viento, a no ser que se guarden a buen recaudo. Y no hay mejor ardid para salvaguardar la palabra que el alojamiento en el corazón, donde dejan la impregnación de su huella y hasta lo configuran. La palabra es un frecuente artesano para la ecología del corazón.

Pablo y Bernabé, cautivados por la Palabra del Resucitado, se hicieron portadores de ella y por ella sufrieron incomprensión, desprecio y hostilidad por parte de aquellos a los que les debería resultar más familiar. También por ella, entre los aparentemente más ajenos, hubo en quien la acogió y se hizo seguidor de Cristo. Pablo y Bernabé acudían a las sinagogas judías, el lugar de la lectura y comentario de la Palabra, para explicar su sentido nuevo desde su testimonio experiencial. Y es que solo cuando la Palabra ha seducido un corazón, la persona entera se transforma y se convierte en testigo viviente en palabras y actos de ella. Ellos proclamaban un nuevo tiempo. El libro el Apocalipsis ratifica esta novedad. Describe la contemplación del Cordero, la Palabra hecha carne, como el Señor de la historia vencedor definitivo entre la turbulencia de los acontecimientos. Esta Palabra no puede ser llevada por el viento, ni por la tormenta, ni el vendaval, ni el fuego. Sí serán llevados quienes no la hagan suya, con su corazón desatendiendo la Palabra del Pastor por estar atentos a otras palabras que no dan vida. Yendo a lo suyo, solo podrán recibir lo suyo: comida, agua, descanso… hasta la muerte. Yendo a lo de Dios, fe, esperanza, caridad… cochura de resucitados.

Por ser ovejas habremos de ir a lo nuestro y por ser hijos de Dios también a lo suyo. Habrá que aprender a conjugar ambas dimensiones, al modo como lo hizo el Pastor que se hizo oveja. Esto implica escucharlo y hospedar su Palabra en nuestro interior para que germine y de fruto y rezume. Entonces la condición gregaria se convierte en fraternidad, la rutina indeleble en camino hacia la vida eterna, la animalidad se empapa de espiritualidad y las cosas de Dios se hacen también suyas. Gracias al Pastor que se convirtió en pasto para ellas y no deja de alimentarlas con su Palabra y su Cuerpo. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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