Ciclo C

DOMINGO II DE PASCUA. DE LA DIVINA MISERICORDIA. 24 DE ABRIL DE 2022

Hch 2,42-47: Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común.

Sal 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

1Pe 1,3-9: Alegraos, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas.

Jn 20,19-31: Paz a vosotros.

 

Tuvieron que cerrar las puertas de la estancia donde se encontraban, a causa del bloqueo de sus mentes. El final del Maestro con su pasión, muerte y sepultura, les llevó al miedo. ¿Les sucedería a ellos lo mismo? Su vida estaba sostenida sobre Jesús de Nazaret. Al perecer este, su barco amenazaba ruina. No era difícil sospecha lo que les podría pasar; si aquello sucedió al Maestro, ¿por qué no a sus discípulos? Si Jesús les había abierto a expectativas esperanzadoras, su cruel muerte les despertaba a un futuro amenazante. Los sentidos que se centran en las posibles desdichas del mañana no aciertan a percibir otra cosa y se cierran a una mirada de amplitud.

               Entonces llegó el Maestro hasta el lugar en el que se encontraban. No lo detuvieron las puertas cerradas. Tampoco pudo retenerlo la muerte. Se plantó en medio de ellos y sus ojos se centraron en aquella aparición. Como la pupila que ha de acostumbrarse a la luz tras pasar a esta desde la oscuridad, tuvieron que hacerse a la claridad del resucitado los que estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. El resucitado atraviesa límites, abriendo nuevas sendas para que, quien quiera, la transite. Esto pasa por creer que Él realmente ha resucitado.

               La aparición no fue de un fantasma. Las huellas de la pasión en su cuerpo corroboran la historia, y una historia cruel. Sin embargo inicia sus palabras con el saludo de Paz y más que signos de la maldad humana, las llagas de la crucifixión son enseñanza del perdón y la misericordia divina. Inaugura un nuevo modo de ser hombre, una nueva forma de conocer a Dios; a través del amor hasta la muerte y del perdón para la vida. El envío del Espíritu Santo hará posible en ellos esto mismo: Paz, perdón y vida eterna; poder para perdonar o para retener. Las puertas del discipulado se abrieron; ya no había motivos para temer.

               La noticia llegó a Tomás, el apóstol, por medio de sus hermanos. Él siguió con las puertas cerradas de su mente y su corazón con reticencias para creer que el Señor había resucitado y casi más para dar credibilidad a lo que le decía la comunidad. Era uno contra muchos; más todavía, era la Iglesia frente a un discípulo. ¿No le interpeló el entusiasmo de ellos, su alegría, su cambio repentino de la tristeza al gozo? No se dejó convencer, le pesaban más sus razones que el testimonio eclesial. Cierto que entre aquella primera comunidad pascual había quien había negado al Maestro, quienes lo habían abandonado, los que no habían hecho nada (casi todos) … con muchas deficiencias en su fidelidad. Sin embargo era la comunidad de Jesús a los que el Resucitado se les había aparecido para que dieran testimonio de la misericordia de Dios a todos los pueblos. Su cerrazón cedió cuando el mismo Jesús se le apareció, y hubo reproche por su falta de fe.

               Quizás no seamos los cristianos hoy demasiado convincentes y la noticia que vibra en la Iglesia desde entonces se amortigüe en nuestras vidas, sin que sea fácil descubrirnos con las puertas abiertas, testigos del resucitado. En este caso el reproche de incredulidad sería para nosotros, porque no nos han afectado las llagas del Resucitado, ni su Paz, ni el envío del Espíritu Santo. Por tanto, ¿seríamos capaces pues de ayudar a superar los límites provocados por el pecado y el miedo o seguiremos encerrados dispuestos a no arriesgar y, por tanto, a transigir con la injusticia, conformarnos con las cosas como están y no dejar que el Espíritu del Resucitado haga todo nuevo? 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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