Ciclo C

JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR. DÍA DEL AMOR FRATERNO. 14 de abril de 2022

Ex 12,1-8.11-14: Este día será para vosotros memorable.

Sal 115: El cáliz que bendecimos es la comunión con la sangre de Cristo.

1Co 11,23-26: Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Jn 13,1-15: Los amó hasta el extremo.

 

Preparamos la mesa a diario y con las mismas rutinas: mantel, platos, vasos, cubiertos, bebida… y, por supuesto, todo lo que se elabora en la cocina, sin que falte el manjar que acompaña siempre, el pan. Comemos, pero no solo para alimentarnos, sino que nos tomamos nuestro tiempo y, cuando se puede, lo hacemos acompañados. Nos sentamos juntos a la mesa, queriendo compartir alimento y palabra. Este acontecimiento cotidiano, se dispone de modo especial y con mayor esmero, cuando hay algo extraordinario que celebrar. Entonces se enriquece la mesa, se cuidan más los platos y el número de comensales crece. La comida se convierte en un banquete y este es expresión de fiesta. Sea cual sea su motivo, de fondo subyace el mismo motivo: celebramos la vida; estamos vivos y nos alegramos de ello.

               Los grandes eventos antiguos tenían también expresión de banquete. El Pueblo de Israel, para celebrar la liberación de la esclavitud, recibió de Dios el mandato de una comida bien preparada y con unas pautas definidas: la cena de Pascua. Los judíos sostuvieron en su historia la celebración de aquello que sucedió y los hizo libres, pero sin atarse solo al pasado, sino mirando al presente desde la esperanza en la libertad definitiva que llegaría con el Mesías. Aquí es donde la mesa adquiere un sentido de más trascendencia.

               Este llegó con discreción, actuando con una libertad inaudita, para hacernos libres, aunque apenas unos pocos lo reconocieron. Y quiso también preparar un banquete para sus amigos, que mirase al pasado, recogiendo el sentido de la historia, y se proyectase al futuro, abriendo la celebración de la vida a la esperanza de la vida plena y radiante. Daba sentido a todo lo sucedido desde el principio, pero, en especial, al interés de Dios por la salvación de su Pueblo. No eran muchos en aquel banquete, y sin embargo esta abierto a toda la humanidad. Él preparaba la mesa, que era la historia humana; invitaba a unos cuantos convidados, representantes de todos los hombres y les sirvió el pan y el vino, vinculando estos alimentos a su propia vida. Los acontecimientos dan sentido a la mesa. En su caso fue su entrega en la cruz y su resurrección. Hasta tal punto le dio sentido que esta mesa sigue preparándose con la celebración de su pasión, muerte y resurrección que no nos deja en el pasado, como recuerdos, sino que nos acerca al futuro, para que tengamos vida plena y nos sentemos como familia de hermanos en el banquete preparado en la casa de Dios, en su Reino.

               El nuevo pueblo, que es la Iglesia, lleva lo conseguido en su cosecha semanal o diaria y lo presenta en el altar por uno que media entre los hombres y Dios, Dios y los hombres. El presbítero es quien prepara la mesa en Su nombre y en el nombre de la Iglesia. No puede entender su labor sin unidad con esta mesa del altar ni tampoco lo que participar de esta mesa implica para la historia del momento presente. Ha de llevar a acercarse a los pies de los que caminan en esta vida y están heridos o sucios, fuertes o lesionados, desorientados o firmes… En ellos se toca al mismo Cristo, el que invita y prepara la mesa con el alimento que es Él. Las manos que se acostumbran a subirse a la mesa para comerlo a Él y escuchar su Palabra, tienen que estar acostumbradas a agacharse y saber de pies y de misericordia con ellos.

               Tanta delicadeza para el banquete del Señor como para acercarse a los pies cansados o con heridas o simplemente pies. Tanta delicadeza como tuvo Pablo para recibir una tradición que partía del mismo Señor y que, a su vez, él transmitía para que el banquete de Dios estuviese unido a la vida cristiana, a la vida de caridad, escucha y entrega. Como la del mismo Señor que se nos ofreció como alimento para que tenga sentido esta mesa compartida. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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