Ciclo B

DOMINGO XVIII T.ORDINARIO (B). 2 de agosto de 2015

 

Ex 16,2-4.12-15: “Es el pan que el Señor os da de comer”.

Sal 77: El Señor les dio un trigo celeste.

Ef 4,17.20-24: Dejad que el Espíritu renueve nuestra mentalidad y vestíos de la nueva condición humana.

Jn 6,24-35: “Señor, danos siempre de ese pan”.

 

Fue tan sencillo el argumento del pan del milagro en la multiplicación de aquellos panecillos y peces, que casi no nos explicamos por qué Dios no sigue obrando el prodigio con frecuencia entre nosotros. Y si lo hizo con pan, por qué no con sanidad, educación, bienestar… Estas son las consecuencias de un milagro interrumpido y frustrado, que no llega a término en su propósito, porque, lo que obró Jesús al dar de comer a tantos con tan poco, señalaba a que nuestros sentidos mirasen hacia Dios y no hacia el pan o a un Dios solo de pan.

            Tan fuerte es el sonido del estómago insatisfecho que uno podría ser capaz de perder su soberanía sobre sí mismo con tal de ver resueltas sus indigencias. A Esaú le bastó la expectativa de saciar su hambre para perder la primogenitura, y para los hebreos sacados de Egipto fue una fuerte tentación: volver a tener comida, aun a costa de perder la libertad de adorar a Dios y vivir con dignidad. Esto es peligroso, porque podemos convertir en rey a aquel que nos dé un pan fácil, un afecto fácil, un placer fácil, una seguridad satisfactoria. Si Dios nos pusiese las cosas tan fáciles, cuánta ventajas nos daría para seguirlo con docilidad; sería un argumento convincente para tanto descreído. Pero Dios parece preferir caer Él en descrédito que asistirnos hasta realizar nuestro trabajo, arrebatándonos nuestro protagonismo en nuestra propia historia, historia de salvación.  

“Trabajad por el alimento que perdura, dando vida eterna”. Jesucristo se empecina en que busquemos con esfuerzo nuestra propia libertad, porque todo trabajo por la vida eterna dignifica a la persona, hace crecer en libertad. Esta labor consiste fundamentalmente en el interés por el encuentro con Dios Padre, al que solo se puede llegar por Jesucristo. Y a Él solo se puede acceder viviendo en Él: abandonando el hombre viejo que cedió su soberanía a deseos egoístas, dejándonos renovar por el Espíritu para vestirnos de la nueva condición. San Pablo lo aclaraba a los efesios con sencillez.

Es un ejercicio interesante descubrir cuáles son los principios que quiero que rijan mi vida y los elementos que la gobiernan realmente día a día, y poder al mismo tiempo ir descubriendo cómo tal vez no seamos tan libres como suponemos, cómo cedemos con facilidad a aquello que nos resulta más cómodo, más satisfactorio en lo inmediato, menos esforzado. El trabajo que pide Cristo es una exigencia para no detenernos en tener cubiertas las necesidades más básicas, sino para anhelar al Dios de la Vida que concede eternidad y felicidad sin mancha. Trabajo y trabajo en la búsqueda de aquel que no descansa para que lo encontremos, para liberarnos de cualquier tipo de esclavitud, para que no generemos esclavitudes entre nosotros, para que valoremos y prefiramos la libertad en Cristo. Si viene como Pan de Vida, no dejará de ser regalo, pero tenemos que acercarnos a la mesa y sentarnos y preocuparnos de los no conocen el lugar para sentarse y comer, y otros que lo rechazaron… ¡Hay que trabajar para ganarse el Pan, el Pan de vida y ser libres en Cristo! Qué delicioso el pan cuando se come después de haber trabajado duro por conseguirlo. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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