Ciclo B

DOMINGO V T.ORDINARIO (ciclo B). CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE MANOS UNIDAS. 8 de febrero de 2015

Job 7,1-4.6-7: “El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio; sus días son los de un jornalero”.

 Sal 146, 1-6: Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.  

1Co 9,16-19.22-23: 7,32-35: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.

Mc 1,29-39: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”.


¿Cuántos días de madrugada hubo un solo motivo, más poderoso que todos los demás contrarios, para abandonar la cama? Uno solo, el trabajo. El alma, responsable en sus tareas, advertía al cuerpo de sus obligaciones y lo desperezaba con el aliciente de su compromiso. ¡Aúpa! -le decía- y el cuerpo, obediente, iniciaba su faena, su jornada laboral. El itinerario remataba en el salario, fruto a los esfuerzos. Una parte importante, pero ni la única ni la principal. La satisfacción de ponerse a disposición de una labor para servir y contribuir al bien de todos, de involucrar la propia energía, ingenio y conocimientos para producir algo beneficioso, es el bien más preciado de todo trabajo humano, donde cada tramo de actividad ensancha la propia vida del trabajador. Está bien que hablemos hoy (a raíz de estas lecturas y de la campaña contra el hambre de Manos Unidas) del trabajo.

Llegaron días en los que fue el alma no se despertó diligente adelantándose al resto; y entonces el cuerpo tuvo que decirle: ¡Vamos, levanta, alma! Y el alma, perezosa, no respondió y siguió acostada, y el cuerpo se fue solo, desalmado, y taciturno, tremendamente rutinario. Cuando se desprovee al trabajo de su elemento más entusiasmante, que es esa capacidad para que la persona prospere poniendo a disposición sus cualidades y posibilidades, entonces pierde su identidad, al convertirse en un seco elemento de mercado con valor exclusivo de cantidad. El ánimo se disipa y el alma rehúye encontrarse en una situación así, donde vive incomodada por una actividad que se ha deshumanizado. Perdiendo el trabajo su humanidad, su encanto, solo queda el estímulo del fruto monetario para comprar y procurar satisfacer lo que no consigue el oficio. Tener más, para comprar más y no colmar lo que antes sí conseguía un trabajo digno en condiciones dignas.

            Job se quejaba de su trabajo. La amargura se adelantaba a su boca para hablar, porque había sido tocado por la desgracia. El sufrimiento  puede hacer decir desde la hiel, con pronóstico rancio, o puede delatar una situación de injusticia, para lanzarse a una actitud de rebeldía amable, de no condescender con lo que no está bien, con una situación laboral que no mira por el bien del trabajador. La consciencia de la brevedad de la vida lleva a unos a resignarse acomodándose a la no protesta, y a otros a armarse hasta los dientes, para proteger hasta el último resquicio de su vida. Job esperó, a pesar de su amargura, y se sostuvo porque esperó en su Dios.

            Apóstol también es nombre de oficio. Dios contrata, y el contratado se implica en la aventura de hablarles a los otros trabajadores de la dignidad de todo hombre, hecho a imagen y hacia la semejanza de Dios. Entre sus cometidos, defender toda aquello que promueva al hombre hacia Dios y censurar lo que lo interrumpa o entorpezca. Esto es irrenunciable y hoy de forma más necesaria aún con el ámbito laboral.  El oficio de apóstol lo creó Jesús. Él mismo lo ejerció trabajando para enseñarnos a un Dios Padre que no deja de trabajar para la salvación de los hombres, para la venida del Reino de los cielos. En el evangelio de este domingo Marcos nos describe una jornada laboral de Jesús, donde no puede faltar el espacio reservado al trato con el Padre, la oración.

            Pablo fue contratado por el Señor para este empleo camino de Damasco, y dese entonces lo vivió como una necesidad: “¡Ay de mí si no evangelizare!”. Esto es trabajo vocacionado. Aunque el contratista sea bueno, Dios, no están ausentes los peligros, cuando el empleado trabaja ajeno a su Señor y hace y deshace por gusto propio. También aquí se disgusta el alma.

            No cabe duda de que el trabajo es una de las realidades humanas más importantes y la injusticia laboral una de las principales causas del hambre en el mundo. Cuando se le niega el trabajo a alguien, cuando las condiciones laborales no son dignas, cuando el salario es injusto, cuando se trata a la persona trabajadora como un productor a secas… se está generando pobreza, se está despreciando al ser humano, se está insultando a Dios.

            Aunque hay todavía una razón más contundente para levantarse a la faena: Dios. El amor del Padre despertaba a Jesucristo de madrugada y lo ponía en movimiento. Era su primer trabajo. Y ha de ser también el nuestro, para no vivir nuestra fe con ociosidad. El oficio de apóstol nos toca un poco a todos, el de profetas sin lugar a dudas a todos por entero, con la necesaria preocupación por la protección de la dignidad de toda persona y sus quehaceres. Trabajar por el Reino será cada vez, dadas las circunstancias actuales, trabajar por el trabajo digno de todos y porque el fruto de sus labores se emplee también para la promoción humana, que no hay mayor alabanza a Dios que el hombre viva en plenitud.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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