Ciclo B

DOMINGO II T. ORDINARIO (ciclo B). JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA. 17 de enero de 2021

1Sam 3,3b-10-19: “Aquí estoy”.

Sal 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

1Co 6,13-15.17-20: ¡Glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

Jn 1,35-42: ¿Qué buscáis?

Juan el Bautista tenía ojo de profeta, capacitado para ver las cosas de Dios y de los hombres. Entre sus paisanos, observaba la necesidad de una conversión de vida; con relación a Dios, anticipaba la llegada del Mesías. Hábil para distinguir a los pecadores, también lo sería para identificar al no pecador; mejor todavía, al que habría que quitar el pecado del mundo. Seguramente estaba familiarizado con el profeta Isaías y conocedor de las costumbres del sacrificio ritual, y por eso el Bautista llama a Jesús “cordero de Dios”: sobre el que la profecía de Isaías decía que, siendo inocente, cargaría con los pecados del pueblo, simbolizado como una oveja llevada al matadero, y que evocaría también al animal del sacrificio para la expiación de los pecados en el templo.

La agudeza que tenía el Bautista con la vista la adquirió Samuel con el oído. Aun sirviendo en el templo y durmiendo junto al Arca, aún no conocía al Señor, porque “no se le había manifestado ni había escuchado su palabra”. El referente más cercano a Dios que tenía era Elí, el sacerdote del templo de Siló; si alguien le llamaba en la noche entendía que no podría ser más que Elí. Fue Elí, el maestro y sacerdote, el que le indicó quién era el que llamaba a su oído. Entonces Samuel tuvo la experiencia de un encuentro directo con el mismo Dios. Fue un acontecimiento decisivo que cambió su relación con Él. El maestro, Elí, sabio en las cosas de Dios, indicó al alumno hacia Dios; el discípulo, ignorante aún, aprendió del maestro y fue adonde le decía. Pero entonces el pequeño se convirtió en maestro del grande. Dios no le dijo a Elí directamente, sino que le enseñó por medio de Samuel. Así Dios enseña y habla en su Iglesia y en el mundo, a través de quien quiere cuando quiere. Hay que estar atentos. Y esta jornada de la Infancia misionera invita a que los pequeños estén atentos para aprender y enseñar y tener el protagonismo que Dios quiere que tengan en su Iglesia, para oír y hablar, para ver e indicar.

Volviendo a Juan, no era el único de ojo atento. La vista adquiere un singular protagonismo en este pasaje donde aparecen verbos como fijarse, ver, buscar, encontrar, mirar en un espacio reducido. Buen discípulo de Cristo habría sido Juan, pero no estaba llamado él a esto, sino sus propios discípulos a los que indica a quién tienen que seguir. Se fiaron de él aunque ellos no alcanzasen a ver lo que veía su maestro. Se revela aquí de nuevo Juan agudo de mirada; no retiene para sí a los suyos, sino que los motiva para que sigan al verdadero Maestro. Habría andado con el ojo extraviado si hubiese callado la presencia del Cordero o hubiese rivalizado con Él. Esta es otra de las facultades de la vista sana: saber quedarse en el lugar que a uno le corresponde e invitar a otros a que alcancen el suyo.

Ahora eran los discípulos del Bautista los que andaban como corderillos siguiendo al pastor, que los invitó a que viesen dónde vivía, es decir, a compartir vida con él. No solo les convenció, sino que, al modo como había hecho su maestro Juan, también uno de ellos, Andrés, quiso atraer hacia Jesús a otro, a su hermano Simón. Fueron suficientes unas horas para que Andrés se acercara a la visión de Juan y convencerse del cordero, al que él llama Mesías. Por último será Jesús el que mire a Simón, hermano de Andrés, y le ponga el sobrenombre de Cefas, Pedro. Había visto más que a un pescador, a la piedra sobre la que edificaría su Iglesia.

Lo que vieron aquellos primeros discípulos se les marcó en el corazón y recordaban el momento del día en el que sucedió: sobre la hora décima, hacia las cuatro de la tarde. Cuando la mirada se abrió a alguien muy grande (y el Bautista no era pequeño), tuvieron que ir disponiéndose con toda su existencia a cosas enormes, aunque solo podrían ir digiriéndolas paulatinamente. Pero ya había quedado la huella del cordero en su corazón, irremediablemente en el centro de su corazón.

Los sentidos han llevado a cultivar una sensibilidad por cosas desconocidas, mejor aún, por el desconocido. La educación de los sentidos para hacerse más sensibles, receptivos a la mirada y escucha de Dios genera una actitud vital que implica de forma íntegra a la persona. Pablo no quiere que el cuerpo se habitúe a una sensibilidad que le hace daño, que lo cosifica, sino que pide a la comunidad de Corinto, y en ella a nosotros, armonizar nuestros sentidos en Jesús y que nuestro cuerpo sea un templo bien trabajado para que more en él el Espíritu Santo y anticipar la plenitud de lo que somos, nuestra resurrección.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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