Ciclo B

DOMINGO I DE ADVIENTO (ciclo B). 29 de noviembre de 2020

Is 63,16c-17.19c; 64,2b-7: Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero.

Sal 79: Oh, Dios, restáuranos, que brilla tu rostro y nos salve.

1Co 1,3-9: Él os mantendrá firmes hasta el final.

Mc 13,33-37: “¡Velad!”.

Los ojos de Adán recién plasmado por las manos de Dios y estrenando vida con el soplo vital de su Creador no podían cerrarse para el sueño. La mirada que ha alcanzado la contemplación de Dios no puede distraerse en nada más bello ni más oportuno ni más feliz. El corazón cautivado así pedirá a los ojos trabajo sin descanso, vigilia continua para no detenerse ante quien lo llena de alegría y fortaleza como un sustento insustituible que da sentido pleno a su pálpito.

Así imágenes medievales de Cristo crucificado lo representan traspasado por la lanzada, muerto por tanto, pero con los ojos bien abiertos. Manifiestan la divinidad de Cristo; Dios no puede dormir, no puede dejar de mirarnos, porque nos ama ininterrumpidamente y sin condiciones. Si se distraje solo por un instante, dejaríamos de existir. Él mantiene en el ser cuanto ama, sostiene en su mirada aquello por lo cual ha merecido la muerte de su Hijo.

La invitación insistente a la vigilia: el “¡Velad!” del evangelio, interpela a esa actitud contemplativa. Ni siquiera el descanso nocturno que nos trae la relajación de los párpados y de todo el cuerpo cede ante la mirada de Dios, sino que la vida del creyente es una escucha atenta a su paso ante nosotros con el interés continuo por descubrir su voluntad y cumplirla. ¿Qué habrá que nos aporte tanto encanto, tanta dicha, tanto provecho como verlo a Él? Contemplarlo en todo y en todos. Es un principio espiritual fundamental a la par que muy práctico: vivir de tal modo que en todas las personas, cosas y acontecimientos descubra a Dios, sin atarme a nada de ello como exclusivo ni definitivo, ni de forma que me obstaculicen el encuentro con el Señor. Este sabio desprendimiento causa libertad, contextualizando nuestras relaciones con los demás y con las cosas que forman parte de nuestra realidad para integrarlas dentro del plan de la historia de la Salvación divina.

El aprendizaje para mirar así requiere un itinerario donde la mirada se va purificando y el corazón procura el desapego de aquello que le resta frescura para amar. Una excesiva preocupación por el dinero, por cierta pertenencia, por unas cualidades… genera una dependencia que merma la libertad. Incluso sucede en las relaciones con las personas, donde nos podemos reconocer o exageradamente dependientes o descuidadamente indiferentes, si hacemos depender nuestra felicidad de su compañía o si renunciamos a obligaciones para con ellos por motivos que nos satisfagan más.

El hombre se fue de viaje sin indicar cuándo volvería, pero a cada uno de sus trabajadores les encomendó un oficio y al portero que estuviera atento, que velara. El elemento crítico es el desconocimiento de la venida del señor. Cada cual conoce lo que tiene que hacer, él mismo se lo ha dado a conocer, pero cuando se prolonga el tiempo ilimitadamente surge el cansancio, la duda, la sospecha y se puede dejar de perseverar.

La mirada cristiana no es una expectación pasiva, sino que al ver le acompaña la valoración de lo que está sucediendo y una intervención en consecuencia: Ver, juzgar, actuar (en palabras de la Acción Católica). Esto precisa de una gran inteligencia, para evitar caer en los peligros que descolocan la mirada. Uno de ellos es la del espectador distante, que se guarda de verse involucrado en lo que sucede. Otro es el del espectador polarizado, que se escora a un lado o a otro cuando le ha concedido un peso excesivo a ciertas posturas ideológicas que se sobreponen o excluyen a la mirada a la que invita Dios.

La contemplación fiel, inteligente y audaz ha de ser una de las grandes aportaciones de los cristianos a nuestra sociedad. No podemos dejarnos afectar de modo exagerado y acrítico por una posición política, ideológica, cultural… Nuestro sitio es el de los inteligentes (no el de los listos), el lugar de quienes, contemplando a Dios interpretan lo que sucede a través de su mirada y no se dejan arrastrar por la postura del momento ni por observaciones excesivamente parciales.

Llegará el señor de la casa esperando no solo encontrar a cada uno en su puesto, sino con el trabajo hecho, con la casa más acogedora, más limpia, más hogareña que cuando él se fue. La prosperidad de este mundo que ha de culminar al final de los tiempos, cuando regrese el Señor, ha de ser trabajada en el presente. El futuro lo iniciamos cada día. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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