Ciclo B

DOMINGO XIII DEL T.ORDINARIO (ciclo A). 28 de junio de 2020

 

1Re 4,8-11.14-16a: El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.

Sal 88: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Rm 6,3-4.8-11: su vivir es un vivir para Dios

Mt 10,37-42: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.

 

Las abuelas, que tanto aportan al crecimiento de sus nietos con arte experimentada, ponen de vez en cuando a los pequeños en un brete emocional. “¿A qué abuela quieres más?”, se les escapa en alguna ocasión como si se les cayese la pregunta de la boca sin querer.

La predilección en el amor es inexigible, pero se supone en cierto número de casos evidente. En un situación normalizada y en general: se quiere más a los padres que a los tíos, a lo hijos que a los sobrinos, al esposo o la esposa que al compañero de trabajo. Esta preferencia no anula, por supuesto, todo otro querer, más bien al contrario, capacita para un mayor amor a los otros, porque uno de los presupuestos para el amor es el compromiso con la persona a la que se ama y esto implica aceptarla y favorecerla en cualquiera de las circunstancias de ambos. Si una madre, por ejemplo, dijera a sus hijos: “Os quiero tanto como a cualquier de vuestros compañeros de clase”, estaría hablando más bien de un desamor que de un amor global.

                El primero de los mandamientos del Decálogo es el más abiertamente incumplido. Y la obviedad de ello es que el menor desacato al resto de esos preceptos atenta contra el “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. De modo inverso, el amor real a Dios sobre todo faculta para, no solo la pulcritud en materia moral, sino también en una calidad humana sin igual. Pero, ¿quién se atreve a ello? ¿Quién se anima a discernir cuáles son sus amores y en qué posición se encuentra Dios? ¿Quién, que realmente tenga por sagrado el decálogo, no se detendrá en la revisión de este primer mandato hasta darse cuenta hasta qué grado lo quebrantamos?

                Entre los cristianos del siglo II se elevó una voz discrepante, un tal Marción, que mostraba una neta distinción entre el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo. Al primero, ciertamente falso dios, le atañía una suerte de necesidad del culto y la alabanza humana, como mendigando su afecto a fuerza de ley y hambreando su reconocimiento para que lo tuviesen por Dios. El segundo era el Dios de Jesucristo, el verdadero, misericordioso y excelso. Fue una forma simplista de distinguir elementos que no se concilian en los primeros esfuerzos; su enseñanza tuvo su éxito y aun ahora hay quien compartiría con mucho su doctrina.

                La Palabra de Dios no está hecha para espíritu simplistas, ni tampoco solo inteligentes. Cuando Jesús pide que el amor a Dios ha de ser mayor que cualquier otro amor de modo tan contundente (más incluso que a los propios padres o a los hijos), no está sino mostrando el norte del asunto, que es amar. En ningún caso podrá entrar en conflicto con otros amores, como se puede querer mucho a la maestra de infantil y a la madre, aunque la preeminencia irá a la segunda por varias razones de peso. Y todavía más determinante es el amor a Dios.

                Aún asoma este mandato en lo que dice sobre el favorecer al profeta por ser profeta o al pequeño por ser discípulo, aunque sea solo con un vaso de agua, porque ellos, profeta y discípulo, son garantes del mensaje de Dios a su pueblo como emisarios suyos. Vienen de Dios y, por tanto, han de tratarse como sagrados. En la medida en que entendemos que Dios habla por medio de cualquier persona, el respeto debido a los profetas se hace extensivo a todos los hombres. El amor de Dios es el origen de todo, de él procede el mundo y los seres humanos; de él la encarnación de su Hijo y su entrega en la Cruz y su resurrección; de él la Iglesia y los sacramentos; de él el cuidado personalizado, sanador y salvador a cada uno de nosotros; de él la esperanza en los cielos nuevos y la tierra nueva.

                Es posible que muchas veces no sepamos cómo amar a Dios y, menos aún, amarlo sobre todas las cosas. Tal vez el primer ejercicio debería ser amarlo a él en nosotros, valorar lo que somos y reconocer ahí la impronta de sus manos. Habría que recordar que no podemos amar más que desde nosotros mismos en un amor capacitado, pero condicionado y limitado. En la eternidad cantaremos eternamente las misericordias que hizo el Señor, ahora tal vez sea suficiente con intentar tararearlas, aunque no lleguemos a pronunciar del todo bien la letra. Estamos en camino de amor.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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