Ciclo A

DOMINGO II ADVIENTO (ciclo A). 4 de diciembre de 2016

 

Is 11,1-10: De su raíz florecerá un vástago.

Sal 71,1-2.7-8.12-13.17: Que en sus días florezca la justicia,  y la paz abunde eternamente.
Rm 15,4-9: Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios.

Mt 3,1-12: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos


A la planta caprichosa es difícil darle gusto, más aún cuando se desconocen sus caprichos y no se sabe lo que demanda: ¿agua, sol, abono, calor…? El resultado de esta falta de entendimiento produce un progresivo deterioro que la va marchitando hasta que, finalmente fallece. Cuánta frustración cuando se ha hecho todo lo posible para verla resurgir y no ha habido respuesta. De su planta más querida Dios obtuvo un tronco mustio y seco. No le cundió la tristeza, sino la esperanza, porque de aquel tallo de su pueblo, terco, rudo, aridísimo, brotó un renuevo capaz de la mejor vida. Lo hizo el Espíritu Santo que anima cualquier realidad estéril provocándole un parto de vida.  

Así transcurrió la historia del Pueblo de Dios, descrito con color de árbol, el árbol del Señor: creado para el mayor crecimiento y la múltiple delicia (en sombra, en flor, en fruto…), eligió la herida contra sí perdiendo vida y vigor una y otra vez, tantas como también le buscó remedio su creador y jardinero. Dios entusiasmado con que viviese, el árbol empeñado en la muerte. Hasta que definitivamente quedó arruinado en un leño seco. Pero tal era la fuerza con que Dios lo había creado, tanto Espíritu había puesto en Él, que de la ruina emergió un vástago sorprendente acariciado por todo don del Espíritu Santo (espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor). La profecía de Isaías lo delimita en la estirpe de Jesé, el padre del rey David, y, por tanto, habla de un gobernante de abolengo real que causará un reino de paz que acabe con todo signo de maldad en una triple armonía: los miembros del Pueblo de Israel entre sí, el hombre y la naturaleza, el Pueblo escogido y todo pueblo de la tierra. Isaías decía sin apenas conocer, Pablo repitió conociendo, porque ese vástago prodigioso, se cumplió en Jesucristo. Fue el artífice de la fraternidad universal para alabar a Dios unidos en un solo sentir y una sola alma, inspirados por un mismo Espíritu para reconocer la belleza, la grandeza de su Señor. Es decir, para admirar con alegría incontenida la maravilla que nuestro Dios ha hecho en su criatura, cumpliendo la esperanza del árbol frondoso y fértil. La alabanza es el canto triunfal del que ha contemplado y vivido la victoria del Espíritu de Dios en el leño seco; la alegría proclamada por la esperanza cumplida.

La obra de Juan el Bautista se anticipa al trabajo del Hijo de Dios. Consciente de la inminencia de ese vástago nuevo, urge a una poda necesaria para dejar que nuevos brotes germinen en los creyentes. Hay que hacer sitio a la novedad del Señor; el mismo Espíritu que hace brotar ese renuevo de salvación, arranca, descuaja, tala la madera podrida e inútil, la que se sostiene sin provecho y con perjuicio para lo que tiene que nacer. Este nuevo profeta invita a preparar la nueva realidad en el desierto, en la soledad y la aridez, evitando la distracción por el bullicio interno y externo. El desierto se propone como el terreno eficaz para entrenarse para la llegada del Señor con una revisión de vida iluminada por Dios que lleve a la conversión; un vuelco hacia Dios, una apertura confiada hacia este jardinero, para que nuestro tallo sea fortalecido, aún más, vigorizado y elevado por el Espíritu Santo enviado por Jesucristo, y su fuego, tan enemigo de la leña, nos afiance y provoque una purificación necesaria para la vida gloriosa de los resucitados (análoga a la pasión de Cristo). Atentos a la obra del Padre jardinero en su Hijo, para dejar que Él también nos haga dar el mayor fruto. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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