Ciclo A

DOMINGO I DE ADVIENTO (ciclo A). 27 de noviembre de 2022

Is 2,1-5: Subamos al monte del Señor.

Sal 121: Vamos alegres a la casa del Señor.

Rm 13,11-14: Andemos como en pleno día, con dignidad.

Mt 24,37-44: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.

 

Era tan grande lo que veía Isaías que las palabras se le quedaron escasas. Aun así su visión era tan magnífica que nos hace parecer a nosotros pequeñísimos en comparación con aquel monte elevado sobre cualquier otra montaña y, sobre todo, con lo que se realiza allí. A pesar de la sensación de pequeñez e incluso de indignidad, surge pronto el deseo de querer estar allí, de pertenecer a aquella realidad. Por eso, los esfuerzos y el tiempo que se prevén necesarios y muchos para llegar a aquella elevación tan alta, el monte del Señor, son poca cosa en comparación con lo que se gozará en una realidad tan hermosa. La visión nos causa esperanza de vida.

            El tiempo de Adviento nos propone una agitación de conciencia para avivar nuestra esperanza y revisar hacia dónde estamos dirigiendo nuestros pasos. La realidad en la que vivimos dista mucho de lo que nos describe Isaías; sin embargo, la preferimos, nos encanta. No podía ser menos para la casa del Señor. Ahora bien, ¿será real lo que nos dice? Las utopías pueden provocar ánimos y motivar durante un tiempo, pero, a la mediana o a la larga, decepcionan cuando se ve inalcanzable. Con todo, el corazón seguirá soñando con ese monte altísimo y todo lo que allá se celebra.

             Pensábamos que esto lo encontraríamos en la Iglesia y así ha parecido por momentos. Las decepciones han sido numerosas, demasiadas. El mensaje, tan bello, ha quedado tantas veces desacreditado por la resistencia de los cristianos e incluso de las mismas estructuras eclesiales. Con ello la sensación de experiencia frustrada es mayor y muchos han preferido seguir su camino fuera o bien lejos. Como en tiempos de Noé, donde todo parecía completamente normal, con su dinámica cotidiana de comer (para seguir viviendo) beber (en tono festivo y desenfadado), casándose (y teniendo así hijos que perpetúen este ciclo), todo sin embargo estaba corrupto y había perdido su sentido, porque la esperanza se había cambiado por una rutina vacía, de inercia, que agotaba todas las posibilidades de mirar hacia la altura del monte del Señor.  

La confianza en llegar a vivir lo que se pronuncia sobre ese monte de Dios no puede estar en los hombres, sino en el mismo Señor. A uno lo se lo llevarán, a otro lo dejarán… la figura literaria puede resultarnos extraña para nuestra forma de expresarnos, pero deja claro que el futuro es incierto y en cualquier momento puede cambiar nuestra vida. Por eso debemos estar preparados, y la preparación tiene que ver con aquello en lo que ponemos nuestros ojos y nos causa esperanza y en la implicación para llegar hasta allá. Lo demás viene de Dios, porque Él hará posible lo que ha prometido y, hasta que Nuestro Señor vuelva, su Espíritu nos alentará, sostendrá en todo momento y capacitará para caminar hacia su monte, para ejercer y realizar los derechos de hijos de Dios en este ahora preparando el mañana que Él nos regalará. 

Programación Pastoral 2021-2022