Ciclo A

DOMINGO XXXII T.ORDINARIO (ciclo A). 8 de noviembre de 2020. Día de la Iglesia Diocesana

Sab 6,12-16: La Sabiduría va de un lado a otro buscando a los que son dignos de ella.

Sal 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

1Te 4,13-14: No queremos que ignoréis, hermanos, la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.

Mt 25,1-13: “Señor, señor, ábrenos”.

El salmista tenía prisa por amanecer. Merece la pena anticiparse a la alborada cuando se espera saciar un apetito voraz, la sed de Dios. Alma y carne apetecen al mismo Señor y lo hacen con ansia. Tal vez la misma que tiene el sabio de la sabiduría. Dios nos hace hambrear más allá del pan cotidiano e incluso anhelar más el encuentro con el Señor que con una mesa bien pertrechada.

            El salmo, que abraza la esencia de las lecturas de este domingo, nos invita a orar repitiendo: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. La sed nos llega pluriforme por los cuatro costados: a la de elementos básicos (bebida, alimento, abrigo…) hay que añadir la de salud, de afecto, de esperanza, de éxito… y muchas otras. El autor sagrado acoge una experiencia somática para aplicarla al ámbito espiritual, donde el alma (cuyo significado bíblico es la integridad de la persona humana) arde de deseos por saciarse de Dios. Por tanto, el creyente entero espera el encuentro con Dios. Pero, ¿cómo “saciarse de Dios”? Desde la primera lectura, del Libro de la Sabiduría, asociamos la satisfacción de sed de Dios con el hallazgo de la Sabiduría, que de modo sencillo podemos entender como la iluminación del sentido de la vida, del plan de Dios y de la posición particular de cada cual en ese proyecto de salvación. La Sabiduría aparece personificada y la tradición cristiana apunta a identificarla con Jesucristo. De ahí que es el encuentro con la persona de Jesús el que sacia esta importante sed. Por otro lado y acorde con la segunda lectura, está la necesidad de resurrección. San Pablo se preocupa en recordar a los tesalonicenses que van a resucitar; olvidarse desemboca en la desesperanza. Sed de vida eterna, pero no de cualquier forma, sino llevando a plenitud lo que ya somos aquí. De nuevo el alma, la integridad de la persona, pide seguir siendo lo que es y anhela serlo de forma ilimitada en el tiempo y, sin duda, con felicidad completa.

            La parábola de las diez vírgenes nos lleva a un contexto nupcial. Según los conocimientos que tenemos sobre las costumbres de la sociedad de Jesús, aquellas jóvenes formarían el cortejo que acompañaba a la esposa a la casa del esposo. Las lámparas serían antorchas que iluminaban el exterior ardiendo, pero cuyo combustible se consumiría pronto para mantener una buena llama. De la llegada del esposo, que significa Jesucristo, no se sabe el momento, lo que implica estar preparados constantemente para cuando esto suceda. Las jóvenes que no se pertrecharon de aceite en sus lámparas, es decir, de lo necesario para iluminar el camino hasta llegar a la casa del esposo (Sabiduría, esperanza en la Resurrección), ¿realmente lo esperaban con sed? ¿Les importaba en verdad? En lo que atañe a Dios y la salvación no deben existir despistes que descuiden la iluminación del camino. Y no hay que olvidar que la Esposa es la Iglesia. La salida al encuentro del Señor que, como la Sabiduría, se deja encontrar por quienes los buscan, está estrechamente vinculada a la fraternidad. A esto nos invita el día que celebramos hoy de la Iglesia Diocesana, vivir la fraternidad eclesial de forma profunda y consciente en camino hacia el encuentro con nuestro Señor, el Esposo.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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