Ciclo A

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. Domingo 24 de mayo

Hch 1,1-11: “Aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre”.

Sal 46,2-3.6-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor al son de trompetas.

Ef 1,17-23: Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama.

Mt 28,16-20: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

Jesús a punto de irse y sus apóstoles arrastrando lo de ante: seguían pidiendo reino, al modo como ellos lo entendían. Les había enseñado, habían visto signos, compartieron muchas veces la mesa, fueron testigos de su pasión y su muerte y se les había aparecido resucitado, ¿no tocaba restaurar el reino? Él mismo se lo había mostrado a ellos cuando Felipe le pidió que les enseñara a orar como Juan a sus discípulos: “Venga a nosotros tu Reino”. Oír a Jesús, aun muchas veces, no significa entenderlo. En este Nazareno resucitado se cumplían las esperanzas mesiánicas, pero no exactamente las de todos, ni siquiera las de muchos.

La duda que nos ha referido el evangelio de san Mateo resulta enigmática. Los Once fueron al lugar indicado y, al encontrarse con Jesús se postraron, pero algunos dudaron. ¿De qué duda se trataría? La prosternación es propia solo para Dios. ¿No lo entendían completamente como Dios? ¿Les resultaría su apariencia no suficientemente real? Necesitaban al Espíritu Santo enviado por su Maestro para digerir todo cuanto había sucedido. Era el momento de crecer, asimilando el mensaje e ir integrándolo en la medida en que fuesen predicándolo. La mesa estaba servida, la de la Palabra y la del alimento, pero no era suficiente con oír y comer, habría que hacerlo con un provecho que no sería posible sin la asistencia del Espíritu y tal vez sin los acontecimientos que acercasen a los discípulos a la pasión de su Señor.

Tan alto se nos ha ido que no se han de buscar alturas mayores. Parece en ocasiones que nuestros ideales y proyectos son más elevados que el mismo Dios. Hablo de Reinos humanos y de los múltiples modos de entender la vida. No se podrá tener más cercanía con Cristo que cuando se participa de los entresijos de su Cruz. La pasión en cualquier de sus concreciones, labra el terreno dejando el surco dispuesto para la siembra y la mala hierba debilitada para que resulte más fácil arrancarla. Aun les faltaba este trance a los Once y a los discípulos; no basta con contemplar pasión en un ajeno, aunque se trate del mismo Jesucristo; esa pasión tiene que pasar por uno mismo, arramblando con lo que debía haberse extirpado hacía tiempo y dejando mansa la parcela para que el Espíritu actúe como el Padre y el Hijo se lo encomiendan.

Creo que solo de este modo puede distinguirse sin confusiones el cielo del Maestro al que se fue; creo que solo así se evitarán los peligros que considerar que hay otro cielo más encumbrado al cual el mismo Dios ha de someterse. Las ignorancias humanas pueden ser arrogantes hasta pedir la sumisión divina. Su altura es la nuestra, la que quiere para nosotros, pero nunca sin nosotros, nunca sin historia donde fracaso y éxito pueden ser desconcertantemente engañosos si no se filtran desde la vida del Maestro.

Él tiene soberanía total sobre cielo y tierra. Los astros y los niveles celestes pueden ponerse a danzar a su alrededor con una orden suya; los campos podrían rezumar de frutos o endurecerse estériles con solo mirarlos. ¿A qué temer, pues, sino solo a la propia ignorancia que convierta a Dios en nuestro fámulo? ¿A qué sino al cómico empoderamiento de nuestra fragilidad como si fuésemos capaces de algo por nosotros mismos, al margen de su gracia? Desde lejos, viéndote encimado, nos ayudas a colocar las cosas en su sitio. Primero Tú allí y nosotros aquí. Tú santo y nosotros pecadores; omnipotente y ramillete de fragilidades. Y al mismo tiempo llamados a aquellas cimas por puro regalo de Dios, por pertenecer a su cuerpo, por haber sido marcados con la señal de la Cruz y no avergonzarnos de ella.

Siendo así, para nosotros ya no pasan cosas sublimes o terribles, de rutina o excepcionales, sino que el Espíritu Santo va tejiendo la historia de la salvación y solo desde Ti, el ascendido (crucificado, resucitado, ascendido), podemos allegarnos a contemplar la belleza de este relato del que nos has hecho protagonistas y no solo ver fragmentos entrecortados y obtusos. A ti la gloria por los siglos de los siglos.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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