Ciclo A

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (cilco A). Domingo 8 de diciembre de 2019

 

Gn 3,9-15.20: ¿Qué es lo que has hecho?

Sal 97,1-4: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Rm 15,4-9: Acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios.

Lc 1,26-38: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

 

Nos gusta que lo que viene del cielo caiga en estricta verticalidad, de lo alto a nosotros. Es más fácil de asimilar, incluso más lógico. Pero, no pocas veces, las formas divinas siguen una trayectoria más sutil y menos predecible. Lo que el Padre quería darnos vino por medio de ángel y luego de una joven aldeana, y aún lo siguió dando entre recovecos, los de la condición humana. Primero concebido, luego nacido, luego en crecimiento y aprendizaje… sin descuidar ninguno de los pasos de los hombres. Tan en serio se tomó Dios a su criatura que se humanó como uno de tantos. Pero no siempre gusta este estilo divino, porque desconcierta. Si quería salvación para nosotros, pecadores, que hubiese dicho y fuese hecho, como en la creación del mundo. Si, aun con esas, quiso madre para su Hijo, que no hubiese sido tan inexperta, tan indocta, tan de pueblo. Y, si así lo prefirió, ¿qué fue eso de pedirle permiso?

Desconocer las preferencias divinas suele llevar a chascos repetidos. Los que se dejan sorprender por Dios no solo disfrutan con estos quiebros insospechados, sino que además suelen ser los elegidos para ayudar a los otros a admirar y entender. María sigue enseñando y no hizo más que ser obediente. El oficio que le había preparado el Padre fue de lo más inesperado, y, aun así, aceptó. Es el dócil tributo de quienes se alimentan de la Palabra de Dios, de quienes vienen alimentándose de la Palabra de Dios y se nutren de ella, porque la hacen suya, aunque a veces sepa amarga.

La Palabra se hizo carne. De este modo sentencia san Juan los entresijos de la voluntad del Padre hacia los hombres: hizo a su Hijo voluntad humana y no sin cooperación humana. En todo igual a los hombres, salvo en la herencia de pecado. Hubo otro pequeño detalle en que no se asemejaba a ningún humano, fue concebido de una mujer empapada de gracia hasta haber quedado preservada de esa misma herencia que tampoco tenía su hijo. En el Verbo se comprendía. Nada más ajeno a la sustancia divina que la desobediencia al Padre. Pero en ella… No hacía falta. Pudo, quiso y lo hizo… sentenciaba la fórmula clásica. También escogió el Padre la tierra más pura y fina del suelo para crear a Eva. El nuevo Adán, Cristo, recibía así, no esposa, sino madre. Lo que haya de mancha en la Creación jamás partió del Creador. Eso sí, el Padre asumió riesgos, y la amistad con lo divino, con perspectivas de tanta gloria, en una criatura de tierra, aun de tierra pura, no resistió a la tentación. Con propiedad: no quiso resistir.

La derrota en Eva se sostuvo en una decisión equivocada, no amó tanto la condición humana como Dios y quiso ser diosa antes de tiempo. Pero aquel fracaso fue victoria en María, que sí quiso acoger la gracia y resistir al pecado. Ambas compartieron pureza desde su concepción. El trayecto de una a otra ¿habrá merecido la pena en una historia de pecado, desgracias, sangre y agresiones innumerables de los hombres contra Dios, de unos hombres contra otros? Con solo ver al Verbo encarnado se disipan las dudas. De Él el principio y el fin. En la historia de la salvación que parte de la Trinidad y culmina en la humanidad participando gloriosa de la vida trinitaria el pecado quedará como algo casi anecdótico. El casi preserva de excesos: las llagas de Cristo pervivirán para la eternidad como historia del amor más exquisito, pero serán heridas glorificadas.

También la pureza de María atraviesa la historia. Abraza la protohistoria de la humanidad más inocente, recién salida de las manos del Creador y llega hasta la gloria sin término, en la que la sangre del Hijo habrá purificado toda mancha y el Espíritu habrá vivificado todo mortal para la Vida en Cristo. No quiso otra cosa el Señor sino triunfar juntos. Él ya venía venciendo desde la eternidad y no querrá seguir haciéndolo sin el hombre. La concepción sin pecado de María y su vida exenta de mancha confirma esta victoria.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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