Ciclo B

DOMINGO II de PASCUA. De la DIVINA MISERICORDIA. 12 de abril de 2015

 

Hch 4,32-35: Los apóstoles daban testimonio de la Resurrección de Señor con mucho valor.

Sal 117,2-4.16-18.22-24: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

1Jn 5,1-6: Sus mandamientos no son pesados.

Jn 20,19-31: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos”.

                                      

Tomás pedía manos y costado y Jesús le dio manos y costado. Donde hay falta de fe, Dios no escatima en la dádiva; eso sí, en el momento oportuno y, si es preciso, con acento en la reprensión, porque había déficit donde tendría que haber abundancia. Y no hubo abundancia en Tomás, porque no permitió que Dios le resucitase los ojos sino con aparición de manos y costado. 

 

Las manos de los primeros cristianos eran ya manos resucitadas, porque ya lo estaban sus ojos (como no lo estaban los ojos de Tomás). La fe se había convertido en ellos en la clave para entender su vida, lo cual significaba una visión nueva de la realidad: como la presencia de Dios en todo, puesto que Jesús se les revelaba como el Señor de toda la Creación. Por eso sus manos no se cerraban con intento de posesión cuando pasaban a través de ellas las cosas, sino que se abrían con desprendimiento para generar bien común. Los dedos son sensibles a las cosas y se contraen para agarrarlas o se distienden para desprenderse de ellas.

 

            Las manos de Cristo andaban cargadas de misericordias. La primera una misericordia crucificada con amor y perdón a los enemigos hasta en la cruz. Otra misericordia más por confiar en las manos de sus discípulos; a pesar de que no las vio cercanas al Calvario. Y aún más misericordia porque hacía a las manos de éstos capaces de perdonar los pecados o retenerlos.

 

            Mirando al mundo, ¿dónde queda la Resurrección de Cristo? La Resurrección puede hacerse menos evidente, cuanto más clara es la hulla del mal a nuestro alrededor. Seguramente nos sobrarían razones hoy, al modo de Tomás, para poner reparos a la victoria de Cristo sobre la muerte. Yo me conformaría con la fe de Tomás para, al menos, reconocerlo por sus llagas. Pero podemos atajar y saber con seguridad lo que Tomás supo solo después de la visión, porque él tuvo antes otros indicios que no tomó en consideración:

 

1. El testimonio de sus hermanos, que sí habían visto al Señor. La Iglesia es para nosotros garantía de que Cristo ha resucitado y en ella tantos cristianos cuya vida da fe de esto.

 

2. El cumplimiento de las promesas del Maestro, que, de no haber Resurrección, quedarían completamente frustradas y la vida sin sentido.

 

3. El peso de la resurrección en las propias manos. Es la experiencia más vital, tal vez, de esa resurrección, donde el corazón se siente empujado por una energía que fortalece y hace vibrar las manos con deseos de trabajo por el Reino. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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