
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Is 2, 1-5: Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén.
Salmo 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Rm 13, 11-14a: La salvación está más cerca de nosotros.
Mt 24, 37-44: Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
A los ladrones les interesa la discreción, el anonimato, el sigilo y la menor oposición posible, para realizar su trabajo con facilidad. Su mayor enemigo es el propietario, el que tiene que ponerle las cosas difíciles, el que evitará por todos los medios que entre en la casa, el que lo rechazará por sí mismo o avisará a la policía. Por eso, el amigo de lo ajeno aprovechará a que no haya nadie en casa o, si están, se encuentren lo suficientemente ocupados, distraídos o dormidos… y que no se enteren de su presencia.
Habla Jesús sobre su venida gloriosa al final de los tiempos. Vino en la Palabra a través de la Ley y los Profetas. Vino hecho carne y nació de la Virgen María. Murió y resucitó y ha de regresar de nuevo para el triunfo final de la verdad, la bondad, la paz, la justicia de Dios. Y quiere que sus discípulos tengan en cuenta una actitud fundamental: “la vigilancia”, para que no les pille desprevenidos su llegada. Escoge la comparación de la persona que quiere preservar su casa de la acción del ladrón. Lo mejor para evitar el robo es estar dentro de casa. Cuando el Maestro habla de casa, se refiere a la propia vida. Uno puede estar viviendo fuera de casa, como fuera de lo suyo, sin centrarse en lo que realmente le pertenece y sobre lo que es irremediablemente responsable; nadie más puede tener así las riendas de lo suyo. Si las salidas de casa son habituales o muy prolongadas se le dan muchas facilidades al ladrón.
La casa es una realidad dinámica y viva. Modos de salir de casa: llevar una vida descentrada, disperso en cosas banales, buscando fuera lo que existe dentro. Pendiente de oportunidades que no llegan como si fueran lo decisivo, desatendiendo lo presente, aquello en lo que puedo intervenir, lo importante del momento. San Pablo denuncia un modo más ostentoso de apartarse de la propia casa las “obras de las tinieblas”: “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y envidias”. Aunque, posiblemente, el mayor peligro aparece cuando no aparece a la vista nada, sino que el mal se teje en lo profundo, como en las cañerías, cables y conductos de la casa, cuando te das cuenta de que algo falla, cuando vas a encender la luz o descubres que no sale agua del grifo. La aparente normalidad de lo externo no es garantía de que lo oculto esté bien… hasta que aparece algún signo.
La Biblia proporciona ejemplos de esto. Jesús ofrece el episodio del diluvio: la gente, aparentemente, hacía una vida normal, comiendo, bebiendo y casándose, es decir, prolongando en la descendencia este tipo de vida. Sin embargo, sabemos que el relato dice que la humanidad se había pervertido y, para purificarla, Dios envía el diluvio, por lo que solo se salvan Noé y su familia. Por una parte, muestra la catástrofe que espera a quienes no cuiden su vida, para los que no han estado atentos a proteger y velar por la armonía de su casa. Pero, por otra, a nosotros nos recuerda nuestro bautismo y cómo este sacramento en el que estamos inmersos (porque la vida cristiana es un desarrollo progresivo de nuestra condición de Hijos de Dios); es decir, nos invita a que vivamos en esperanza y a que, en esperanza, valoremos el hogar que Dios nos ha dado y cuidemos de lo que viene de Él y tiene que volver a Él. Nadie está eximido de esta responsabilidad, por eso, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán…
Por último, la visión de Isaías nos habla de un hogar hecho por Dios para todas las naciones donde los instrumentos de agresión se convertirán en aperos para el campo, lo que quita la vida será transformado para cuidarla con alimentos. La fechoría del ladrón está motivada por tener más; el descuido de quien abandona su casa, por falta de esperanza. Las carencias que sentimos pueden llevarnos a decisiones equivocadas; aspiramos a una plenitud que solo Dios puede darnos, pero en nuestra casa, donde nos aguarda para morar juntos. Que el tiempo de Adviento nos ayude a mirar qué necesita nuestro hogar, nuestra vida para que luzca en medio del mundo y no buscar alojamiento ajeno que deje vía libre a los ladrones que quieren desvalijar nuestra casa y ocuparla.