
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Eclo 15,15-20: A nadie dio permiso para pecar.
Sal 118: Dichoso el que camina en la ley del Señor.
1Co 2,6-10: Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Mt 5,17-37: No he venido a abolir, sino a dar plenitud.
Se le atribuye a san Agustín: “Mantén el orden y el orden te mantendrá a ti”. Los que se acercan a desentrañar secretos de nuestro mundo a través de la ciencia nos muestran un riguroso orden, desde lo diminuto hasta lo inmenso, y dedican vida para conocerlo con rigor, para aprender y aplicar lo descubierto.
Ordenó Dios conforme a su querer o voluntad; nos ha plasmado desde su amor y lo que somos solo se entiende desde este. Su acto creador se sustenta sobre unas normas. Las estrellas, las galaxias no pueden realizar nada sino conforme a este orden; tampoco los átomos o los electrones. Ellos no pueden decidir desobedecer a la gravedad o la fuerza electromagnética; su movimiento está pautado sin posibilidad de escaparse de él. Sin embargo, nosotros, a quienes también nos ha dado un orden, tenemos la capacidad de alterarlo. Gozamos de una particular prerrogativa regalada por Dios, lo que tradicionalmente se llama “libre albedrío”, que incluye el riesgo de rechazar el orden establecido para nosotros, que es rechazarlo a Él.
Para crecer y progresar al modo como Dios nos ha creado, nuestro querer tiene que armonizar con el suyo. La fuente de la voluntad divina es el amor, que, solo aceptando, recibiendo y ejerciendo nos hacer permanecer, por decirlo así, ordenados. ¿Y de dónde nos viene distanciarnos de este orden?
Donde hay muchos que mandan y ordenan suele generarse confusión. El precepto del amor de Dios, que rige sus mandatos, entra en conflicto con otros cuando la persona atiende a estos y desatiende aquellos. Alzan su voz la biología, el deseo, la herida interior, el miedo, la mente que no comprende o se ve amenazada. Si no prevalece el orden divino, sucede el caos con daño para la persona y su relación con Dios y con los otros.
Los mandamientos de la Ley de Dios son una referencia básica para regirnos. Pero, en la medida en que estos emanan del amar de nuestro Señor, solo cumplirán eficazmente su finalidad si llegan a estructurar completamente a la persona. Por esto, en este pasaje evangélico del evangelista Mateo llamado de las antítesis, Jesús señala la profundidad de algunos de estos preceptos y la necesidad de acogerlos en todo su contenido, interpretado desde el amor divino. Aceptar el “no matarás” ha de llevar al amor incluso de quienes nos ofenden o de los enemigos. De ahí que la más mínima desconsideración hacia el otro sea motivo de sanción. La ley de Dios no solo prohíbe el acto, sino que también quiere educar el pensamiento y el deseo. El vínculo conyugal ha de cuidar y preservar la comunión. La vida en la verdad ha de prevalecer, sin necesidad de abalar las palabras propias con juramento ni por Dios ni por sus cosas ni por sus criaturas. Las carencias en cualquiera de estos ámbitos delatan que aún su precepto del amor no ha penetrado completamente en nosotros; no estamos ordenados al modo divino, hay desorden.
¿Cómo conseguirlo? Comenzamos por la humildad, el reconocimiento de nuestro pecado y la petición de la misericordia de Dios. Junto con ello, la atención a aquellas órdenes que recibimos para discernir entre las que vienen de Dios y nos conducen a amar, y las que no, que provocan confusión y caos. La determinación para acoger lo que nos ordena, porque nos une más a Dios y su querer.
Los príncipes de este mundo, nos dice san Pablo, los que gobiernan, tienen autoridad sobre otros y toman decisiones que afectan a muchos, pueden no conocer la sabiduría que lleva al mandamiento del amor de Dios. Este fácilmente es sustituido por mandamientos emanados del deseo de poder, acumulación de bienes, imposición ideológica…, ejerciendo desde preceptos que parecen convertirlos a ellos en dioses. Si no penetra hasta lo más íntimo el amor de Dios como configurador de nuestros pensamientos y acciones, dejará un espacio que intentaremos cubrir de otros modos. Solo manteniendo el orden querido por Dios nuestra voluntad querrá bien, pensará bien, hará bien y habrá orden en nosotros y en todo lo nuestro.