Ciclo C

DOMINGO XXVI. T. ORDINARIO (C). 25 de septiembre de 2016

 

Am 6,1a.4-7: Se acabó la orgía de los disolutos.

Sal 145 7.8-9-10: Alaba, alma mía, al Señor.

1Tm 6,11-16: Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado.

Lc 16,19-31: Por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

 

Ya poco tienen que decirnos Moisés y los profetas. A mejor decir, poco nos queda por escucharles. Hubo un día en que sus palabras hacían estremecer, pero, como uno no puede vivir perpetuamente encogido, nos habituamos tanto a su mensaje que lo mullimos y nos acurrucamos sobre él, sin que alterase para nada nuestros sueños. Por eso, seguramente ni nos alteraremos, aunque veamos a un muerto resucitado.  

            Lo que dijeron Moisés y los profetas lo hicieron por cuenta de Dios, que los convirtió en sus voceros para pellizcar en las conciencias adormecidas. El abuso, la desigualdad, la injusticia de aquellos tiempos, perseveraron en los de Jesús y se han incrementado aún más en los nuestros. Estos atentados están sostenidos por haber olvidado a Dios en nuestras vidas.

            Érase una vez un rico de nombre desconocido con cuantiosos recursos y un pobre llamado Lázaro ansioso de escarbar entre la basura del rico. El Maestro es continuador de la tradición de Moisés y los profetas para recordar el olvido de los pobres. La descripción de los personajes del relato no se excede en exageraciones, porque no faltan ejemplos de desigualdades tan flagrantes. Baste con decir que casi dos tercios de los alimentos producidos se desperdician, mientras varios cientos de millones de personas no tienen para comer. Las cifras resumen en números realidades muy concretas y vivas, pero dejan sin rostro a las víctimas, que interesan solo en la medida que hacen montón. Hoy día los pobres, como los inmigrantes, refugiados, víctimas de la violencia, fallecidos por la guerra y atentados terroristas… importan al peso. Si andan ligeros de números apenas tendrán sitio en la noticia y, si llega a ella, tendrá un paso somero sobre la conciencia. Como no se puede hacer nada con tantos, no se hará nada con ninguno.

            Pero la parábola de este evangelio no se detiene en la tragedia el hambre. Es decir, no pretende, al menos principalmente, que afrontemos un problema de dimensiones mundiales o nacionales, sino de aquello que me atañe a mí más directamente y que deja desequilibrada mi mesa con relación a la de otro. La raíz de toda esta desproporción, está en el olvido de Dios, donde se asienta el principio para considerar al otro como hermano. Resulta entrañable la preocupación del rico por sus hermanos: en aquel abismo de sufrimiento se acordaba de su familia y pedía ayuda para que no corriesen su misma suerte; esperaba que un muerto revivido los hiciese revivir a ellos en su conciencia muerta. Pero el rico no se acordó de otro hermanito echado en su portal cuando él vivía espléndidamente. Nadie quedará en el olvido, porque quien tenía que acordarse de él no lo hizo, sino que Dios lo guarda en su memoria. Se podría decir que el olvidadizo ante Dios, se olvida, como consecuencia, de la persona a la que tendría que tener muy presente, y esto conlleva a su vez, el que uno se olvida de sí mismo cuya identidad tiene mucho que ver con esa responsabilidad puesta por Dios como un deber vital.

            De otro modo, hemos de mirar a Dios para que nos recuerde quién somos y qué quiere de nosotros, si no, ¿qué será de nuestro nombre, de nuestra vida? ¿Banquete y vestido de moda? No estará de más escuchar a Moisés y a los profetas y, mejor aún, al Muerto que ha resucitado para nuestra salvación, y, tocados por su palabra, no solo hagamos revisión de vida, sino que también nos veamos movidos a ser profetas para el recuerdo de Dios y, desde Dios, de aquellas personas de las que nos pide que nos acordemos.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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