Ciclo C

DOMINGO XXVII T. ORDINARIO (C). 2 de octubre de 2016

 

Ha 1,2-3;2,2-4: El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.

Sal 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón”.

Tm 1,6-8.13-14: Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos.

Lucas (17,5-10): “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

 

A cada temporada, unas delicias, unos frutos. Ahora tenemos regalo de uvas con doble servicio en la mesa: como alimento de postre y como bebida de vino. Nos beneficiamos de una historia de la cual disfrutamos su conclusión, aunque podemos ignorar su origen.

              Lo granado del racimo, lo carnoso y dulce de su uva se inició en una pepita diminuta. Es el mismo tesoro de vida que envuelve la carne de cada uva, ahí donde comienza la vida. La semilla echó raíces y se amarró fuerte al suelo, pero no se detuvo, sino que emergió atravesando la tierra buscando el cielo. Todo cuando la ha hecho prosperar procede de ese cielo: el agua, el sol, la temperatura, el viento.  Es allí donde está su alegría, su fertilidad y la causa de su dulzura, lo que le motiva y la hace vivir. Cada uva es el éxito de aquello que echó raíces en la tierra y en el cielo.

              De un modo similar con la fe. Se inicia como una semilla, Jesús toma el ejemplo del grano de mostaza, una simiente realmente minúscula. Está tendrá su morada en la tierra donde se siembre, pero, para que crezca, deberá echar raíces en el cielo: esperar en su agua y en su sol, agradecer estos dones, y prosperar tomando cada vez más tamaño y volumen. El aumento de fe no solo consiste en que Dios dé, sino en que nosotros sepamos recibir. El árbol frondoso es el resultado de una amistad de años entre la tierra y el cielo. Tenemos derecho a solicitar a Dios la fe, pero hay que esforzarnos en buscarle un sitio propicio, bien dispuesto. “Reaviva el don de Dios”: no somos simples espectadores; el Señor nos exige un esfuerzo para refrescar y remozar cuanto nos da. Fijándonos en aquello que nos cuesta más superar, perdonar, compartir, recordar… encontraremos un campo oportuno para el crecimiento de la planta de nuestra fe, donde notamos cómo sin la ayuda divina no podemos prosperar. La petición “Auméntanos la fe” exige de nuestra parte un esfuerzo para descubrir más aún cuánto nos quiere Dios y, a su vez, cuántos desamores por nuestra parte.

              Así como la calidad de la uva se la distingue por su grado, que es su dulzura, y muchos otros parámetros concernientes a la acidez, cantidad de taninos, etc., también nosotros hemos de estar dispuestos a discernir si hay calidad suficiente en nuestro fruto o si desperdiciamos mucho de lo que nos vino de lo alto y nos falta grado. Aquí se revela lo provechoso de nuestro trabajo. La alegría de un buen fruto reaviva el recuerdo de que somos pobres siervos y agradecidos, cumplidores con lo que Dios nos pide. Tanto nos ha dado y nos sigue dando.

              No dejemos de ser pacientes, que el sol y la lluvia se dan por completo, pero a la vid le toca trabajar despacio y asimilar poco a poco todo regalo que le llega. Esperemos también en la justicia de Dios, el que obra mal produce fruto amargo y estéril, no prosperará. El justo confía en su Señor y sabe que él tiene la palabra definitiva y victoriosa sobre el mal. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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