Ciclo C

DOMINGO XXV T.ORDINARIO (C). 18 de septiembre de 2016

Am 8,4-7: Jura el Señor, por la gloria de Jacob, que no olvidará jamás vuestras acciones.

Sal 112,1-2.4-6.7-8: Alabad al Señor, que alza al pobre.

Timoteo 2,1-8: Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres.

Lucas 16,1-13: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.

 

El esfuerzo por retener datos y mantenerlos de forma permanente en ese armario que llamamos “memoria” hoy no despierta el interés de antes; ha decaído su utilidad. Podemos acudir a toda clase de información en cualquier momento con una conexión a internet, o un almacén de datos en un dispositivo electrónico. El sacrificio de la memorización viene a ser suplido por las comodidades tecnológicas.  

 

Por otra parte, sin embargo, una de las enfermedades más dolorosas asociadas a la ancianidad implica una progresiva pérdida de los caminos que llevan hacia los recuerdos, hasta llegar al olvido de las tareas más cotidianas. El dolor de los que rodean al enfermo de Alzhéimer  crece cuando no se acuerda de quiénes son estos seres queridos y quién es él. Luego, tal vez, la memoria no sea tan prescindible.

El profeta Amós proclama que el Señor “no olvidará jamás vuestras acciones”. La divina es una memoria prodigiosa, se acuerda de todo lo de todos. El hombre de Dios hablaba de los atropellos de sus paisanos contra los débiles y reprochaba para que recordasen lo que habían olvidado: que Dios es justo y hace justicia.

 

La parábola que nos propone Jesús tiene que ver también con la memoria, aunque contiene algunos elementos que desconciertan. ¿Qué es eso de elogiar la sinvergüencería del sinvergüenza? ¿Qué quiere decir con “ganaos amigos con el dinero injusto”? Unas palabras de contextualización: el administrador de unos bienes, en la antigüedad, tenía permiso para gravar una deuda con una cantidad añadida, que sería su beneficio. El administrador que es despedido por su inadecuada gestión revela lo abultado de su abuso cuando saca los recibos para modificarlos. Poner en la cuenta cincuenta barriles de aceite u ochenta fanegas de trigo donde aparecían cien, no es porque le esté estafando a su señor, sino porque él había incrementado la deuda con el doble sobre el aceite y más de un veinte por ciento sobre el trigo que se le debía a su amo para su propio beneficio. Al disminuir la deuda está renunciando a su lucro, sin alterar lo que deben al señor. Renuncia a ser injusto para ganarse el favor de los deudores. Precisamente desde recuerdo de su despido, por decirlo así, se plantea posibilidades para su supervivencia futura: pedir o trabajar. Ninguna de ellas le convence. Una tercera será utilizar su astucia, que empleó para enriquecerse con injusticia, para favorecerse ahora volviendo a la justicia. Es esto a lo que puede referirse Jesús cuando dice: “Ganaos amigos con el dinero injusto”. Por lo tanto, el restablecimiento de la justicia tras unos abusos exagerados, le facilitará un futuro honroso hasta en lo económico.

 

Es el futuro lo que le hace cambiar, el miedo a su próxima situación. Y ese mismo futuro, que para nosotros, cristianos, es promesa de vida eterna, es el que debería provocarnos hacia una vida más cristiana. Recordar el futuro para no olvidarnos del presente, donde tenemos que ejercer la justicia, la caridad, el perdón. En lo poco de lo cotidiano vamos haciendo montón de riquezas para la salvación o para la pérdida. La fidelidad en lo poco se va convirtiendo en fidelidad para lo mucho. Las tareas del presente, del día a día, labran un futuro u otro. O Dios o el dinero, cada uno invita a un futuro y a un presente; son dos planteamientos de vida contrapuestos que conllevan dos finales muy distanciados. La memoria orientada hacia Dios recordará sus preceptos y la que se dedique al dinero se preocupará de lo propio: tener, acumular. Es imposible hacer coincidir ambos a la vez. Y, si no hay dinero material de por medio, cualquier otra pertenencia, aunque sea afectiva, hará las veces de Dios si nos olvidamos de Él, aunque, quizás el dinero, por todo lo que arrastra, por las expectativas que suscita, por la ambición tan generalizada es uno de los rivales de mayor envergadura contra Dios en la memoria humana.

 

La invitación de san Pablo a la oración por todos es muy oportuna. A la inercia tan común a la posesión desmedida y a la acumulación de dinero sin una finalidad, le oponemos la fuerza que viene de lo Alto que nos hace conscientes de un tesoro mayor. No debe faltar la oración por los demás, por nosotros mismos. El apóstol san Pablo comienza haciéndolo aquí especificando a los reyes y las autoridades, quienes tienen posibilidad de emplear mucho dinero acordándose de Dios para el bien común o para un auto-beneficio dañino.   Cada cual, que asuma sus responsabilidades y reciba, en la memoria de Dios, conforme a lo que recordó en su día a día. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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