Ciclo C

REFLEXIÓN DOMINGO XXXIII T. ORDINARIO (C). 13 de noviembre de 2016

 

Ml 3, 19-20a: Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia.

Sal 97, 5-6.7-8.9: El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

2Ts 3,7-12: Trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie.

Lc 21, 5-19: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

 

 

No deja la semilla de recibir ánimos de vida en la tierra que la acoge, el agua que le da alimento, el sol que la hace prosperar y madurar. En todo ello no deja de recibir motivos para progresar y culminar su proceso. Tampoco faltan amenazas de muerte que merodean para interrumpir su camino y agostarla. El sol tiene un especial protagonismo en su existencia. Vital para el tallo que se yerga fresco y valiente; de muerte para el que no llegue a encontrar el agua necesaria. Ese sol representa a Jesucristo, con ofrenda de vida para toda persona, agraciando con luz y calor que toda planta podrá aprovechar para su fortaleza interior. La que no aproveche, seguirá recibiendo sol, pero, resistente a la fuerza de vida que viene de Él, dejará que se sequen sus entrañas y el rigor del astro le resultará como el fuego de un horno. ¿Qué quedará de la hierba que descuidó sus responsabilidades y no trabajó para la vida? Será paja expuesta irremediablemente a la llama. En tiempos de prosperidad se asegura el sustento a todos; cuando las condiciones se vuelven en contra, sólo aquel que se hizo fuerte prevalecerá, como la planta que se esmeró en sus raíces y la robustez de su tronco, y se preparó para la batalla con las inclemencias previsibles de una tierra empobrecida, agua escasa o sol acentuado.

            A estas circunstancias rigurosas se refiere Jesús en este pasaje evangélico tan cercano al relato de su pasión, muerte y resurrección. Parece que tras estas palabras se encuentran algunos acontecimientos de la época en que fue redactado, varias décadas después de la resurrección del Señor, cuando el Imperio sufrió importantes conflictos internos, hasta el borde de la guerra civil, hubo terribles batallas contra pueblos enemigos, la peste devastó algunas grandes ciudades y sobrevino algún cataclismo natural completamente inesperado. Los cristianos, aparte de sufrir todo lo anterior, como cualquier ciudadano, pudieron padecer agresiones por parte del pueblo y de las autoridades, como la persecución en Roma ordenada por Nerón.

            A pesar de tanta desolación, aún quedaría refugio: el lugar más sagrado de la tierra, el templo, que había sido reconstruido tras la vuelta del destierro, hacia el año 515 a. C., y que el rey Herodes había mandado ampliar en su perímetro y embellecer maravillosamente. Se empleó una piedra blanquísima en bloques de enormes dimensiones; el edificio estaba rodeado de finas planchas de oro que reflejaban los rayos del sol y deslumbraba la vista. Las obras duraron hasta el año 63 d.C., siete años antes de su completa destrucción. El acontecimiento se refleja en las palabras del Maestro. Arrasado el bastión más bello y poderoso, este templo, ¿qué otro lugar podrá aportar seguridad?

Para el momento en que fue destruido este templo, los cristianos ya habían perdido su interés por él. Ellos sabían que eran templos del Espíritu, y ahora estos templos humanos estaban siendo hostigados y atacados en muchos lugares del Imperio, por el solo hecho de ser cristianos. El evangelista retrotrae a tiempos del Maestro los rigores de la Iglesia que va creciendo en un mundo hostil que no comprende el mensaje de Cristo. El mismo Señor anunciaba ya una segunda venida, que inicialmente parecía inminente. Con ella llegaría también el final de estos tiempos. La certeza del próximo encuentro con el Hijo de Dios glorioso movía a los cristianos a una esperanza viva con interés por una vida más esforzada en el camino del Señor. Para otros era escusa de su pereza y dejaron de trabajar, creyendo que estarían justificados por esta inminencia del Reino. San Pablo no se resiste a increparlos y exigirles responsabilidad; el trabajo esmerado es ya anticipo del Reino de Dios, es manifestación de la esperanza en el Dios que trabajó con la creación del mundo y sigue trabajando para sostenernos y conducirnos a su gloria. Carecer de trabajo, trabajar en condiciones injustas, despreciar el trabajo son atentados contra el mismo Reino celeste y la obra de Dios entre nosotros.

Las dificultades de aquellos tiempos de agitación y animadversión contra los cristianos, de esperanza para uno y pereza para otros, reciben la promesa de la luz de Jesucristo, que dará sabiduría para conducir cada momento y para la defensa de los cristianos acusados por su fe. De nuevo el Sol que nace de lo alto, perenne y trabajador, seguirá con afán preocupado en dar vida y, precisamente en la adversidad del creyente será cuando su trabajo más se distinga luciendo radiante para iluminar, al modo como hizo en su propia Pasión, a todo hombre por medio de los cristianos. Ninguna semilla del Verbo dejará de recibir ánimos de luz y calor de su Señor, y en la prueba darán frutos de justicia, fe, esperanza y caridad… hasta que Él vuelva. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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