Ciclo C

DOMINGO XXXII T.ORDINARIO (C). 6 de noviembre de 2016

 

2Mc 7,1-2.9-14: Estamos dispuestos a morir antes de quebrantar la ley de nuestros padres.

Sal 16,1.5-6.8.15: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

1Ts (2,16–3,5): Que la Palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros.

Lc 20,27-38: No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.

 

Cada mañana encuentra unos ojos con apetito de luz. No habrá mucha variación entre lo que vean un día y otro: un mismo rostro, las mismas personas, las mismas casas y escenario. Siendo esto así, no faltarán momentos en que se pida renovación en todo ello y cambiar de aspecto, compañía, domicilio, trabajo. Aunque también con la necesidad de encontrar la seguridad y confianza de lo ya conocido. Un cambio absoluto puede ser tan peligroso como cerrarse a cualquier tipo de cambio.

Llegaron los griegos a Palestina con innovaciones y llenaron los ojos de los judíos de universalismo, cultura, ciudadanía… Y ofrecieron progreso al pueblo judío. En ello no había nada despreciable y constituía un motivo para un enriquecimiento humano y social. Pero la novedad pretendió también suplantar el alma del judío. La adoración del único Dios de los hebreos y su único templo, habría de parecerles algo bárbaro y obsoleto a aquellos invasores cultos. La propuesta para abandonar el culto al Señor y adoptar la nueva moda politeísta fue aceptada por muchos. Novedad hasta el tuétano y, si no, perecer en las tradiciones rancias de Israel en nada acordes con los nuevos tiempos. Pero hubo quien prefirió la fidelidad al Dios de sus padres y desentonó en la armonía griega. El relato de estos siete hermanos que prefirieron la muerte a renunciar a lo más sagrado para ellos no es una obstinación en defender la tradición meramente por ser antigua ni está motivada por el pánico a un mundo globalizado, sino porque para ellos no había mayor riqueza ni prosperidad que su Dios y renunciar a Él sería despreciar la misma vida. El martirio que sufren, que sería también inspiración para el martirio cristiano, se fundamenta en una paradoja: es más vida la de quien muere por Dios, que la de quien vive al margen de Él. Esa inquietud por el cambio, que viene ofrecido en ocasiones en forma de moda (bien sujeta a lo efímero) hará daño en cuanto exija una renuncia a la propia alma, cuando trastoque la relación con Dios.

Salieron los saduceos al encuentro de Jesús con ojos hechos a lo de siempre y sin planteamiento de novedad. Aferrados a “su siempre” que disfrutaba de una posición de privilegio en la sociedad por su dinero y poder. No les cabía esperar más allá de los bienes de este mundo, que gozaban frente a los otros, lo que les hacía renunciar a la resurrección. No creían en la vida resucitada tras la muerte. Se inventan un caso artificioso y hasta ridículo para justificar su postura ante Jesús, como declarando lo absurdo de la misma resurrección. Jesús responde con el Dios de la Vida, que quiere que los suyos vivan para siempre: “Dios de vivos y no de muertos”.

Ni tan sujetos al cambio que dependamos de una novedad insustancial, ni tan amarrados al presente que desesperemos de una acción renovadora de Dios en nuestras vidas. Contamos con lo que somos y tenemos, y es ahí donde se obra el milagro renovador, que es también purificador.

Cada día es una oportunidad renovada… ¿De qué? De vida, ante todo de vivir habiendo aprendido del día precedente en sus aciertos y errores. Vivir sencillamente otro día más es el agradecimiento más amable por el regalo de la vida, y hacerlo porque detrás de cada una de esas realidades que se pueden repetir podemos contemplar algo absolutamente de estreno, que nos hace estrenar fuerzas, alegría, entusiasmo: el rostro de Dios. Así lo entendía el salmista: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”. ¿Cabe ilusión más exquisita para volver a abrir los ojos y vivir expectante el día que comienza, preparando el encuentro con el rostro de Dios?

Tras todo aquello que forma parte de nuestra vida y, de modo aún más patente, en nosotros mismos, asoma Dios con su sonrisa, su capacidad regeneradora, su alegría, su exigencia, su precepto, su misericordia, su justicia… con palabra nueva para que seamos renovados. Todo puede vivirse de modo nuevo, dejando que sea Dios el que traiga el aire refrescante y vivificador, con respuestas ante nuestros deseos, a veces incontenibles, de modificar (domicilio, aficiones, trabajo, estado de vida,  comunidad, marido, mujer…) que probablemente responda a un bloqueo para solventar una situación conflictiva con la novedad del perdón, de la ruptura del egoísmo o la profundización. En realidad no es otra cosa que gestionar adecuadamente algo tan antiguo y rancio como mirarnos a nosotros mismos de modo raquítico y narcisista. O bien, aunque desde la misma herida egoísta, no querer nada nuevo, desacertadamente satisfechos con lo que ya tenemos.

Que sea el rostro de Dios el que lleve luz a nuestros ojos y nos haga progresar hacia el encuentro en el que lo veamos cara a cara en la mayor de las novedades, siendo ya hijos suyos resucitados para siempre.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

Programación Diocesana El Acompañamiento personal, Espiritual y Pastoral

La Voz de Papa Francisco

Xtantos