Ciclo C

Adviento 2019

 

 

DOMINGO XXXIII T.ORDINARIO (ciclo C). 17 de noviembre de 2019

 

Mal 3,19-20a: A los que teméis mi nombre os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra.

Salmo 97,7-9: El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

2Te 3,7-12: Ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo.

Lc 21,5-19: Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.

Herodes el Grande, tan cruel como hábil político, quiso llenar los ojos de los judíos, sobre los que gobernaba, con templo para llegar también a su corazón. Hizo importantes reformas en su explanada y lo embelleció, empleando a gran cantidad de obreros en estas obras, que continuaron los sucesores del rey constructor. Cada nueva edificación erigida por orden de Herodes atendía a un objetivo de su estrategia de gobierno: unas veces congraciarse con los romanos y más concretamente con el emperador de turno, otras exaltarse a sí mismo ante su nación y las otras naciones, ganarse el favor del pueblo. Y, si no llegó a cautivar a los judíos con aquella bellísima remodelación del espacio de culto más sagrado para ellos, y el único, sí que suscitó mucha admiración por la belleza conseguida y esto, seguramente, colaboró para la reafirmación en la identidad religiosa. Cuando uno tiene algo grande, es más fácil que se sienta grande, amparado, justificado.

            De aquel edificio sacro de dimensiones gigantescas y una belleza extraordinaria Jesús anuncia su total destrucción. El templo, de hecho, quedó completamente asolado unas cuatro décadas después de que el Maestro entregase su vida en la Cruz y resucitase. El relato del evangelista Lucas corresponde a una profecía “post eventum”, es decir, está escrito tras la terrible destrucción del templo (que sería definitiva hasta el momento actual). Esto no quiere decir de modo contundente que Jesús no profetizase sobre esta ruina, sino que Lucas y su comunidad fueron testigos de esta destrucción y vincularon palabras de Jesús en su ministerio con este acontecimiento (determinar hasta qué punto Jesús tendría conciencia de este hecho futuro o en qué medida ciertamente lo predijo, es labor de los exegetas). Interesa mucho más abordar la Palabra de Dios como tal, procurando esclarecer hacia dónde mueve Dios.

            Sin duda que la aniquilación del templo, con el que se ensañaron especialmente los romanos a causa de la sublevación judía contra el poder imperial, tuvo que ser absolutamente traumático. La identidad del pueblo judío tuvo que entrar en crisis. Finalizaba la época de los sacrificios y, con él, de cierto tipo de culto. A los cristianos les valió como interpretación de que ciertamente había comenzado una nueva época de relación con Dios en Jesucristo que sustituía con creces al templo para una relación con Dios “en espíritu y verdad”. Pero, al mismo tiempo, el anuncio de la hostilidad de la sociedad, la convulsión de las fuerzas de la naturaleza y del cosmos e incluso la animadversión de la propia familia, parecen delatar una situación de seria dificultad por la que estaban pasando algunas comunidades cristianas.

El sesgo apocalíptico del relato, alusión a un contexto de hostigamiento, repite la finalidad de textos similares: alentar la esperanza. Si se ha destruido algo tan magnífico como el templo de Jerusalén no se aniquilará a Dios. Y si se está pretendiendo destruir a los cristianos, no es signo de fracaso del mensaje de Jesucristo, sino más bien la constatación de que sus discípulos han de pasar por momentos de apuros y que la victoria, sin duda, la tiene Dios. Y en Dios, los cristianos, a quienes se les garantiza una salvación íntegra: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”.

¿No serán los cristianos como templos nuevos y más preciosos que el de Jerusalén donde, gracias a su vínculo con Jesucristo, se cumple el nuevo culto a Dios Padre con una perdurabilidad mucho mayor que el edificio demolido por los romanos? Si fuera así, ¿qué imperio podrá acabar con tan magníficas construcciones, que somos nosotros?

Por tanto, una invitación a la esperanza y valorar la fuerza de Dios en todo aquello en lo que Él habita, con absoluta predilección por aquellos para quienes su Hijo vino a dar la vida para darles vida. Invitación a no arrugarse con acontecimientos hostiles e incluso persecutorios, porque donde vive Dios no hay posibilidad de derrota o de ruina.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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