Ciclo C

Adviento 2019

 

 

DOMINGO XXXII T.ORDINARIO (ciclo C). Día de la Iglesia Diocesana. 10 de noviembre de 2020

 

2Mc 7,1-2.9-14: Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará.

Sal 16: Al despertar, me saciaré de tu semblante, Señor.

2Te 2,16–3,5: Que el Señor dirija vuestros corazones hacia el amor de Dios y la paciencia en Cristo.

Lc 20,27-38: NO es Dios de muertos, sino de vivos. 

 

El apetito se despierta diverso, con petición de alimento selectivo, cuando deseamos comer esto y no aquello. No tiene por qué hacerlo a capricho nuestro cuerpo, sino que tras el antojo se esconde una necesidad orgánica donde se descubre necesidad de hidratos, de vitaminas, de proteínas… y, así, apetecen dulces, cítricos, lácteos… A nuestro cuerpo le merece la pena vivir, y se queja con deseos particulares cuando advierte una carencia en los nutrientes. Dependerá de cada cual satisfacer o abstenerse, por desconocimiento o por limitaciones.

                ¿No hemos sentido, de modo aún más radical, más decisivo, que nuestro organismo tiene apetito de vida? Vida en satisfacción, armonía, en plenitud. De este modo pueden revelarse las hambres del corazón como deseos de felicidad y perpetuidad. Nuestro propósito es resolver esta petición permanente, y en eso, en gran medida, empleamos nuestras energías, sin que jamás consigamos de modo absoluto, ni siquiera de modo suficiente, saciar ese apetito de raíz. Los logros familiares, profesionales, académicos, sociales… alegran, pero no satisfacen por completo. Siempre queda un resquicio de necesidad de algo más, un apetito que aspira a algo inalcanzado y, en otro sentido, también para nosotros inalcanzable.

                Considerado de modo más preciso, pueden concretarse una serie de apetitos, sin pretensión de ser rigurosos, que delatan las urgencias de nuestro ser:

  1. De eternidad: desearíamos vivir ilimitadamente.
  2. De afecto: queremos querer y que nos quieran. Querríamos volver a encontrarnos con las personas a las que queremos y ya no están con nosotros, y ver su rostro.
  3. De reconocimiento: con la necesidad de un aval de que lo que hemos hecho y estamos haciendo tiene sentido y es provechoso.
  4. De justicia: queremos el bien para nosotros, los nuestros y para todas las personas del mundo, hasta el punto de sufrir por el sufrimiento de los otros.
  5. De identidad: queremos ser nosotros mismos y no solo parte indiferenciada y anónima de un organismo total. Deseamos decir “yo”.
  6. De plenitud: con el anhelo de que desarrollar al máximo todas nuestras capacidades, nuestra historia, nuestras relaciones…

La fe cristiana ofrece la resurrección como alimento a todos estos apetitos, no solo como una situación futura, sino como un presente que ha de vivirse, aunque aún de forma incompleta. Tal es la fuerza de esta certeza para el cristiano que quiere vivir con coherencia su fe, que supera en exigencia y urgencia a otros apetitos vitales de nuestro organismo como los de comida o bienestar.

La resurrección es una herencia del judaísmo y el relato del martirio de los siete hermanos en el Segundo libro de los Macabeos nos muestra una confianza absoluta en la resurrección, hasta sobreponerla a las torturas y desprecios. El mártir es el mayor testimonio de la fe en la Resurrección. La gran novedad para el cristiano con respecto a la fe judía es que es el mismo Hijo de Dios quien, haciéndose hombre, se ha hecho mártir de la misericordia de Dios muriendo en la Cruz para darnos testimonio del amor absoluto del Padre por cada ser humano. La esperanza en la Resurrección superó la traición, el abandono, el ultraje, la cruz. La fe en la Resurrección es la confianza en que Dios Padre es el único que puede satisfacer todos nuestros apetitos de modo permanente.

No lo pensaban así algunos grupos judíos, como los saduceos, para quienes les bastaban los bienes y la posición social alcanzados en vida, como signo de una bendición de Dios, para saciarse. Consideraban la resurrección como ridícula y así le plantean a Jesús un caso ridículo con aquel hepta-matrimonio de la mujer viuda que se casa sucesivamente con los hermanos de su primer marido. En el Antiguo Testamento aparecen estadios diversos sobre la respuesta que encontraba el creyente a la vida después de la muerte. Lo que inicialmente se solventaba como una retribución para el bueno con bienes en esta vida, sin más allá, fue derivando hacia la fe en la Resurrección como la respuesta radical de Dios a los anhelos más fuertes del hombre.

                Otras soluciones para estos apetitos son insatisfactorios y es triste escuchar cómo muchos cristianos prefieren dar crédito a la reencarnación, la pervivencia de las almas sin cuerpo o conformarse con que “algo tiene que haber”. No puede haber una verdadera fe cristiana si no nos tomamos en serio la Resurrección de la carne. Si no, preguntémosle a nuestros apetitos más hondos, ¿habrá alguna propuesta que les pueda prometer ser satisfechos como lo hace la resurrección de los muertos?

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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