Ciclo C

DOMINGO I DE CUARESMA (ciclo C). 10 de marzo de 2019

 

Dt 26,4-10: Clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia.

Sal 90,1-2.10-15: Estás conmigo, Señor, en la tribulación.

Rm 18,8-13: Nadie que cree en Él quedará defraudado.

Lc 4,1-13: Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto.

 

El mismo Espíritu que llevó a Jesús a las aguas del Jordán y se derramó sobre Él lo lleva ahora al desierto. Este Espíritu mueve a paradojas o, más bien, a complementarios: el río y el desierto se necesitan en la vida del creyente. La eficacia del agua se pone a prueba en el yermo, y en la sequedad se aprecia y anhela mucho más lo que sacia la sed. Esto sucede en la vida del seguidor de Cristo, aún con mayor claridad: lo que recibe la presencia del Espíritu y se deja empapar por Él ha de recibir el fuego de la prueba para asimilarlo como propio y ensanchar los veneros para hacer más sitio a Dios. Un día el Espíritu unge a Jesús en el río fértil y otro día lo lleva a la soledad desértica para afrontar la tentación.

            El tentador se encontró con el oponente más firme, y no porque estuviera hecho de otra masa diferente al resto de humanos, sino porque la fuerza del Maestro residía en el poder del Espíritu de Dios que obraba en Él. Los resquicios por los que la tentación pretende horadar para provocar el daño están en la parte más tierna y frágil, en esta condición humana tan dependiente y limitada. Nos pesa vernos sujetos a un proceso tan gradual y renunciar al éxito repentino por otro al que se llega solo tras esfuerzo y tiempo. Cada una de las tres tentaciones parecen querer atentar contra la esperanza en el ser humano, en que el Dios espera una y otra vez.

Convertir las piedras en pan consiste en renunciar en el trabajo necesario para ganar el jornal y adquirir aquella sustancia que alimenta nuestras vidas de un modo inmediato, “divino” podríamos decir, que excluye lo humano (sacrificio, constancia, paciencia) y, por tanto, devalúa al hombre relegándolo a un papel marginal. El poder y la gloria ofrecidos por el tentador son la ficción de considerar que lo máximo a lo que se puede aspirar es al sometimiento de los demás del modo que sea y su reconocimiento (que acepten y acaten mis proyectos, que asientan a mis palabras…), cuando, en verdad, lo que nos hace poderosos es el ejercicio de la libertad  para elegir el bien y desechar el mal. La pretensión de dominio sobre otros es un signo fuerte de debilidad interior. La última tentación de  Jesús lo ubica junto al lugar santo, el templo, pretendiendo que haga un milagro innecesario con la intervención de los ángeles. El milagro es un signo de la acción providente y misericordiosa entre nosotros, no es un cauce ni para que eludamos nuestras responsabilidades, ni para una intervención de Dios que nos deje a nosotros ociosos. La mayor fuerza de Dios entre nosotros ha querido que llegue a través del Espíritu Santo en nuestras propias vidas para hacer fuerte lo débil, valiente lo cobarde, sabio lo necio… y hacerlo en esto tan humilde como es la persona humana. Si no llega el milagro de pan para todos, uno de los más añorados, es porque no hemos llegado aún a la maravilla de la distribución justa de los bienes producidos. La pretensión de que Dios haga lo que deberíamos hacer nosotros es una irresponsabilidad y un signo de desconfianza en las posibilidades humanas.

Moisés invitaba al pueblo a hacer memoria de las acciones maravillosas de Dios en su historia para darle gracias y ofrecer las primicias de los frutos de su esfuerzo. Son producto de la colaboración de Dios y el hombre. Y san Pablo exhortaba a la comunidad de Roma a profesar y creer que Jesús es el Señor. Es el reconocimiento de que Dios mismo hecho hombre nos ha dado el mayor ejemplo del poder humano que se ha dejado llenar y mover por el Espíritu.

El pasaje de las tentaciones de Jesucristo en esta Cuaresma recién estrenada es una palabra fenomenal para tomar conciencia de aquellos aspectos personales que más nos inquietan, pero que forman parte irrenunciable de nosotros y que tenemos que asumir, valorar y fortalecer desde el don de Dios. Consiste en valorar y amar la condición humana, más aún, yo hombre, mi humanidad concreta por la que Dios envió a su Hijo y murió y resucitó. Precisamente aquello contra lo que lucha el tentador, envidioso de que en algo tan sencillo y humilde como lo humano pueda brillar tanto la gloria de Dios. ¿No estaremos nosotros aliándonos con el mal cuando desesperamos de nosotros mismos o miramos con resentimiento y envidia a otras personas? En lo que fue tentado Él lo somos también nosotros. ¿Será el desenlace similar? 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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