Ciclo C

Viernes Santo y Sábado Santo 2019

Jesús muere por AMOR a nosotros

"Padre a tus manos encomiendo mi Espíritu"

Ante el sepulcro María llora esperando en ORACIÓN su RESURRECCIÓN, esperando la VIDA que vence a toda muerte.

GRACIAS mi DIOS por tu inmenso AMOR

 

DOMINGO II CUARESMA (ciclo C). DÍA DEL SEMINARIO. 17 de marzo de 2019

 

Gn 15-18: “A tus descendientes les daré esta tierra”.

Sal 26,1.7-8a.8b-9abc.13-14: El Señor es mi luz y mi salvación.

Fp 3,17–4,1: Nosotros somos ciudadanos del cielo.

Lc 9,28b-36: Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

 

Una descendencia y una tierra: Dios promete doble a Abrahán. ¿Quién le podría dar más? En la tierra quedaba también implicada la descendencia, que dispondrá de un espacio propio… ¿Para qué? Para vivir. ¿Quiénes? La estirpe de Abrahán. Con el anciano de Caldea comenzaba una nueva dinastía, la de los creyentes en el único Dios escogidos para la doble promesa. El Dios de Abrahán jamás se olvidaría de su pueblo, aunque el pueblo sí de Él. Tampoco el Altísimo se descuidaría de lo prometido. El pueblo lo llegó a malentender. Dios se endeudó con ellos y no decepcionó; si bien ellos reclamaron lo que nunca llegó a prometerles.

¿Por qué habría de importarle a Abrahán tener descendientes? La descendencia prolonga la vida personal: en cierto modo uno sigue viviendo en la medida en que la sangre propia (lo que hoy llamamos genética) se transmite una generación tras otra. Pero hay un inconveniente no pequeño: la persona particular ciertamente no supera la muerte y, tras ella, se pierde definitivamente. La posesión de una tierra para uno mismo y los suyos permite la libertad para la convivencia y el culto, aunque tampoco asegura la pervivencia, ni el bienestar, ni la felicidad.

Aún esperan los hijos de Abrahán de nuestros días aquella Tierra; aún no la poseen sin conflicto. Sus leyes pretender proteger el territorio y la estirpe, lo que les lleva a medidas severas y en cierto modo excluyentes. Tal vez han conservado el eco de aquella promesa, pero no tanto el del Dios que les prometía. La tierra más hermosa, más próspera, más prometedora sin Dios, se vuelve huera.

            Lo que se le prometió a Abrahán se cumplió más allá de Abrahán y los de su raza. Lo proclamaba un hijo de Abrahán, Pablo de Tarso, que conoció a otro hijo de Abrahán, Jesús de Nazaret. Este era, todavía mucho más que de Abrahán, hijo de Dios. En Jesucristo se cumplió la promesa: nuevos hijos con amplitud planetaria, para la nueva Tierra, el Reino de los Cielos. Decía así su discípulo Pablo: “Somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo”. La herencia de Abrahán se recibió en Cristo y en Cristo todos podrán ser herederos de nueva descendencia, como hijos de Dios y de nueva tierra gloriosa, con gloria de cielo. Pero para ello habremos de vivir como hijos y protectores del lugar ofrecido por Dios. Para ello no debemos olvidarnos del que prometió y sigue prometiendo.

            Si los hebreos no entendieron, tampoco hemos entendido mejor los cristianos. Los límites del espacio que se concibe como propio ha sido motivo de contiendas innumerables e interminables. Sigue siéndolo hoy: el territorio se ha convertido en un espacio excluyente para el de fuera (el de otro terreno); en un lugar para el que se busca prosperidad sin que importe la suerte de las otras tierras, a las que muchas veces esquilmamos. En la propia tierra prosperan los sobresalientes mientras otros permanecen ocultos u ocultados, desfavorecidos, como si tuvieran menos derecho a decidir sobre el territorio. Los descendientes de Abrahán nos hemos olvidado de nuestra estirpe, que ante todo es la de los hijos de Dios, y a duras penas escuchamos  a Dios, cayendo en la infidelidad repetida de los israelitas. Se reanuda, actualizada, la idolatría; nos hacemos hijos de otros dioses como para prolongar la existencia con una vida más satisfactoria, porque se llena de más cosas, de nuevos placeres, donde se promete alargar la juventud con esperanzas de inmortalidad.

            La transfiguración de Jesús nos invita al cielo; a tocar el cielo ya ahora, conversando con la Palabra de Dios (Moisés y Elías, la Ley y los profetas), conversando con la Palabra hecha carne, Jesucristo. De nuevo, como en el bautismo, escuchamos a Dios Padre señalándonos a su Hijo y pidiéndonos que lo escuchemos:“Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo”. En Él comienza la tierra nueva, el cumplimiento de la promesa de Dios. Tierra donde habita la justicia y la paz, la alegría y la esperanza, donde mana leche y miel… para todos. Ya tocamos el cielo, aunque no a manos llenas, sino con esperanza de plenitud. Este cielo viene con anuncio de pasión y muerte, como en la conversación de Jesús con Moisés y Elías, porque el acceso a la promesa de la tierra está en la Cruz de Cristo, en su entrega completa a Dios para nosotros. Esa cruz es como el arado para adecuar la tierra al riego y la buena semilla. Siendo buenos hijos de Dios disfrutamos ya de la tierra nueva, no sin privaciones, insultos, incomprensiones, aislamiento… Cruz. Cuanto más obedientes, más hijos y más libres para poseer esta tierra regalada por Dios. Y no lo que esclaviza, aquello que llamamos “terreno” y nos convierte en dependientes y esclavos, en hijos auto-desheredados de Dios o hijos de lo que no es Dios.

            Así quiere engendrar también el Seminario para la libertad. Los jóvenes que allí se preparan pretender anunciar, enseñar y celebrar para la posesión de la verdadera tierra. Han de hacerse muy amigos de Jesucristo, sentir el tacto del cielo tanto como el de su Pasión, y así suscitar y motivar hijos de Dios responsables ante los requerimientos del Señor, con una doble promesa mucho más abundante y exigente que la de Abrahán: descendientes del Señor, herederos del Reino de los cielos. Trabajadores, por tanto, para la nueva humanidad. Pidamos por ellos, que sean fieles; pidamos a Dios que no falten; pidamos por nuestro Seminario y la fidelidad de los presbíteros y los obispos y de todos los hijos del Padre, legítimos herederos de la promesa de Abrahán. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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