Ciclo A

DOMINGO XXIII T. ORDINARIO (ciclo A). 10 de septiembre de 2017

 

Ez 33,7-9: Les darás la alarma de mi parte.

Sal 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Rm 13,8-10: A nadie le debáis nada, más que amor.
Mt 18,15-20: Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

El oído prefiere la caricia; la caricia sobre él acaricia el corazón. Por eso las madres derraman caricias de arrullo, nana y cariños con sus palabras. El niño no necesita otra cosa. Pero cuando el corazón está ya maduro para elegir, aún en la infancia, tendrá que recibir también palabra de aliento, consejo, exigencia y, si no elige bien, de reprensión. A esto han de acostumbrarse las madres si quieren ejercitarse en el verdadero amor, el que busca el bien íntegro de la persona. En otro caso, estarán renunciando al bien. El amor exige innovación, porque ha de procurar en cada momento lo que a uno le produce salud y crecimiento.

             El profeta Ezequiel puso en los oídos del pueblo una innovación divina en orden a la salvación: cada uno es culpable personalmente de su propio pecado y no del de otros. Era un alegato para la libertad, porque solo reconociendo la responsabilidad personal, podía haber un diagnóstico eficaz y una enmienda  correcta. Esto también promueve el examen personal de lo que se hace, se dice, se piensa y se omite, una revisión de la conciencia. Pero aún más, el profeta y el pasaje evangélico de Mt 18 en sintonía con él, advierten de otra innovación: la que pide que se le ayude al pecador, para que pueda reconocer su falta y corregirse. El perjuicio que ocasiona el pecado personal llega también a los otros, a la comunidad. Puesto que la vida tiene una importante dimensión de servicio, quien deja de servir o lo hace mal a propósito, provoca una situación, en mayor o menor medida, de desarmonía que deteriora las relaciones. Por el bien de esa persona equivocada y el de la misma comunidad, quien se da cuenta del pecado y puede hacerlo, ha de ofrecer su ayuda para la enmienda. Mateo nos ofrece un itinerario muy delicado que pasa desde por la increpación personal, pasando a la de dos o tres testigos hasta la comunitaria.

            Para corregir un poco, antes uno ha debido ser corregido mucho y, por supuesto, haber aceptado con apertura, sencillez y humildad todo ello. Y para orientar o corregir no se puede tener una actitud habitual que destaque los defectos ajenos ni pretendiendo sobresalir moralmente sobre los otros ni, menos aún, pretender la vergüenza del reprendido como castigo frente a los demás y el escarnio público, sino que se ha de mirar siempre para favorecer su salvación.

            Que nos vengan caricias con pellizcos y capirotes para no dejar que nuestro corazón se ablande con suavidades inoportunas y se endurezca ante la verdad. Que agradezcamos, valoremos y aprovechemos a las personas que nos quieren bien y nos piden enmiendas. Que nos sepamos responsables unos de otros, y vivamos una corrección fraterna que parte de la autocorrección seria y profunda. Así el Señor podrá generar en nosotros novedades de amor que cambien vidas hacia la eternidad. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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