Ciclo A

DOMINGO XXII T. ORDINARIO (ciclo A). 3 de septiembre de 2017

 

Jr 20,7-9: Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir.

Sal 62,2.3-4.5-6.8-9: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Rm 12,1-2: No os ajustéis a este mundo… Que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Mt 16,21-27: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

El trabajo del profeta lo ejerce por cuenta ajena. Las palabras que pronuncie y sus gestos, los destinatarios de su mensaje, el momento y el lugar se lo dan ya hecho. Por eso, no tendría que tener motivos para preocuparse, simplemente ha de obedecer a lo que le pide el que lo envía, cumplir con sus pautas y luego recibir su salario. Si hay alabanza o quejas, que las dirijan al que mandó, porque el profeta no es más que mensajero de otro.

            Y, sin embargo, ese mensaje tiene tanta fuerza que cautivó al profeta hasta apropiárselo, pues él no es tanto asalariado, cuanto amigo del que le dio el oficio. La vocación del profeta Jeremías muestra de un modo precioso el forcejeo del hombre creyente que se resiste a convertirse en trabajador del Señor, cuando este oficio acarrea malestar entre los hombres. El profeta de bondades cosecha concordias por donde vaya; el de calamidades, se gana la enemistad de sus paisanos. Dios no desampara a sus hijos y acude urgido por las actitudes dañinas que lo destrozan. Porque quiere la salud de todos reprende, corrige, extirpa, cauteriza para evitar la muerte de su pueblo. Esa tarea, encargada al profeta, incomoda hasta convertirse en una molestia impertinente. A algunos, aunque sea con posterioridad, les mueve al cambio y aceptan la salud ofrecida por Dios; a otros les entran ansias de callar el mensaje, callando al mensajero. ¿Cómo traicionar la amistad con su Señor, renunciando a proclamar la verdad? La fidelidad a Dios lo hace aún más molesto hasta querer provocar su silencio con la fuerza. No es cómoda el oficio de profeta.

            Pero le corresponde a todo cristiano serlo. Primero para sí mismo, afianzando la amistad con Dios, familiarizándose con su Palabra hasta hacerla propia, y dejando que esta le interpele para discernir (nos lo recordaba san Pablo en la carta a los Romanos) lo que es la voluntad de Dios, lo que le agrada, lo perfecto. Junto con ello hacia los otros, cumpliendo con su obligación de atender y favorecer en todos a sus hermanos para que prosperen; lo que incluye la reprimenda por sus maldades.

            El mayor de los profetas enviados por Dios, el Hijo de Dios hecho carne humana, reprendió de un modo bellísimo. Exhortaba a la vigilancia, reprochaba los desaciertos egoístas de sus discípulos, censuraba las injusticias de los poderosos… y todo ello, desde el amor, tuvo el reproche definitivo en el acto de misericordia y corrección más sublime: dando su vida por amor en la cruz. La entrega de sí mismo con un perdón incondicional llegó al corazón de muchos, y sigue llegando, pasó desapercibido para otros y sigue pasando, y resultó escandaloso para otros tantos, y sigue resultando. La belleza de la vida no oculta el sacrificio que requiere el crecimiento hacia la Vida plena, donde aparecen incomprensiones, fricciones, esfuerzo, sufrimiento… como un tránsito necesario hacia la plenitud que anhelamos.

            Que no nos falten verdaderos profetas para decirnos de parte de Dios, que ya hay muchos que nos explican de su propia cosecha sin contar con el Altísimo. Que no renunciemos a nuestra condición de profetas y seamos cada vez más amigos del Profeta. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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