Ciclo C

DOMINGO XVII T. ORDINARIO (ciclo C). 4 de agosto de 2019

 

Ecl 1,2; 2,21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?

Sal 89: Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Col 3,1-5.9-11: aspirad a los bienes de allá arriba, no a los de la tierra.

Lc 12,13-21: Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?

El producto del trabajo se convierte en dinero como material que facilita la adquisición de otros bienes para la vida. Otros medios de intercambio, como el trueque, entraña severos límites que solventa con facilidad la moneda (que ya en la mayor parte de los casos ha sido sustituida por números en la cuenta bancaria). El trabajo en sí es un bien, por lo que, aun teniendo en cuenta que “todo obrero merece su salario”, la labor realizada ha de ser humanizadora, dignificadora, de uno u otro modo ilusionante. Cuando esto falla, puede que el único o principal aliciente sea el dinero que proporciona la actividad laboral. Este arranque, ya viciado de arranque, llevará consigo el desajuste hasta otros ámbitos. A más grado de insatisfacción con el propio trabajo, más expectativas en ganar más dinero para resarcir la decepción. Si el trabajo o sus condiciones se devalúan, no es difícil que el dinero ocupe un lugar inapropiado para la persona.

            Una característica del dinero que lo hace tan apetecible es la posibilidad de cambiarlo por prácticamente cualquier bien, lo que lo convierte en un recurso capaz de alcanzar todos los demás bienes. Sociológicamente es reconocido como un elemento “ficha”. De esta potencialidad para proporcionarlo “todo” es consecuente que sea valorado como un “todo”, o, al menos, como un “mucho”, hasta la ingenua y dañina perversión de llegar a considerar que incluso aquellas realidades carentes de valor económico y propia de las relaciones humanas, como el amor, el ejercicio humano más elevado, pueden ser accesible mediante el dinero. Dicho de otro modo, puede parecer que el dinero proporcionará cualquier cosa necesaria en lo material y en lo espiritual, o, si no en lo espiritual, la convicción de que lo material será suficiente para la felicidad. El deseo de dinero es, de forma subrepticia, deseo de felicidad. Como naturalmente esto es frustrante al no proporcionar lo que parecía prometer, aumenta la avidez de dinero al tiempo que se acentúa el anhelo de felicidad. Sencillamente un desorden desastroso.

Esta concepción desordenada de la vida arrastra hacia otros: la avaricia, la codicia, el robo, la malversación. El desequilibrio afecta a los más desamparados acentuando su dificultad para conseguir bien trabajo, bien unas condiciones laborales y salariales dignas. El daño producido a nivel mundial por esta forma desajustada en la consideración es terrible. En primer lugar el dinero se encumbra como sustituto de Dios, se idolatra; en segundo, pervierte las relaciones humanas y causa o agrava las injusticias. No le faltaban razones a Jesús para decir “no podéis servir a Dios y al dinero”.

Ante esta valoración tan poco acertada de la vida que afecta a la consideración del dinero, y que no deja de ser una ficción, en cuanto que finge dar lo que no puede, la integridad humana, el Maestro propone un realismo obvio: el dinero asegura la protección de la vida, es evidente, y la muerte acecha en todo momento. La parábola del rico que obtuvo una gran cosecha indica inicialmente lo que pueden ser los sueños de muchos, es decir: disponer de bienes suficientes para una buena vida; para resolverlo con la realidad: la muerte puede llegar en cualquier momento y nada de lo acumulado será aprovechable por el difunto. Por lo tanto, ¿en qué invertimos los recursos de nuestra vida? Será mejor hacerse amigo de Dios, el Señor de la Vida, que preocuparse y afanarse por lo que ignora que hemos sido creados para la inmortalidad.

Una sana y esmerada relación con el Señor equilibra el valor del dinero en su medida y evita todo tipo de abuso idolátrico. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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