Ciclo C

Adviento

DOMINGO I DE ADVIENTO (ciclo C). 2 de diciembre de 2018

 

Jr 33,14-16: suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra.

Sal 24: A ti, Señor, levanto mi alma.

1Te 3,12-4,2: Comportaos así y seguid adelante.

Lc 21,25-28.34-36: Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

¿Fueron las palabras de Jeremías eficaces? Un día, cuando contaba con unos veinte años, el joven Jeremías se levantó profeta y elevó su voz. Dios lo había elegido para ser testigo y vocero de su Palabra. Tenía una espiritualidad cultivada en la sencillez de las realidades cotidianas. Las cosas pequeñas le hablaban de Dios y su acción. La capacidad para percibir el mensaje divino en todo esto y en lo que estaba sucediendo en su patria topó contra la dureza de sus paisanos. Pedía Jeremías elevar la cabeza, para que los difíciles acontecimientos que iba a vivir el reino no arrugasen la mente y el corazón de los dirigentes y el pueblo. Dios daba respuesta a la compleja cuestión que debían afrontar. Pero no lo escucharon. Les molestaban Jeremías y sus vaticinios. Aunque insistió e insistió, sufrió el vacío de la indiferencia y el desprecio. Pensó en abandonar esta misión tan poco exitosa, pero Dios, el Dios desatendido y despreciado por los judíos, que no escuchaban su Palabra en boca de Jeremías, le pidió perseverancia y lo fortaleció para ello. Lo que había dicho Jeremías se cumplió, pero nadie le hizo caso.

¿Hay éxito cuando se desestima un diagnóstico, aunque luego se cumpla? Sus palabras fueron recogidas y meditadas por generaciones posteriores. La Palabra de Dios no se desperdicia en el olvido, lo que no brotó ayer, es posible que lo haga mañana. La semilla duerme en letargo hasta el momento propicio en tierra, agua y calor. Anunciaba Jeremías en el llamado “Libro de la Consolación” la subida al trono de un descendiente de David, discípulo de la justicia y el derecho. Invitaba a la esperanza. Lo que solo vio él en profecía, lo podemos ver nosotros cumplido en Jesucristo. Tenemos capacidad para ello, pero no seguridad en que lo vayamos a hacer. De nuevo la Palabra pretende mover a interpretar y vivir  los acontecimientos desde la Palabra. Jeremías dijo mucho y sigue diciendo sobre este vástago de la casa de David. Lo de ahora encuentra solución en Él. Es hora de alzar la cabeza, porque se acerca nuestra liberación. Aún más: se acerca nuestra salvación, la participación en la misma gloria divina.

            Si ya ha comenzado a fecundar la Palabra habremos de verlo en nuestra actitud vital. Los éxitos no  serán muy aparentes, antes bien, dará la sensación de que hay derrota pues, por una parte, muchos de los cercanos y los lejanos desconocen o rechazan esta Palabra profética; por otra parte, el cansancio provocado por la tensión y la lucha abruma. Sin duda que el Señor conforta y ofrece esperanza, no solo en lo que ha de venir, sino en el resultado de una vida cristiana ya aquí con paz, alegría, sabiduría, aun en ambiente hostil. La audacia permite distinguir estos brotes consoladores y entender la plenitud que ha de venir. En todo caso armonizan con los anhelos más elevados del corazón humano y la alegría que causan son síntoma de ello.

            El Adviento nos pellizca para considerar dónde tenemos nuestras raíces. Cuando los cristianos descuidaron su enraizamiento en Cristo, que exige esa tensión esforzada, pusieron sus aspiraciones en posesiones, poderes, reconocimiento social, cierto bienestar… Descuidaron su peregrinación, que les hacía ver que estaban de paso, y las palabras de Jeremías y los otros profetas apenas acariciaron su corazón. Se bloquearon a la eficacia de Dios. Las raíces nutren el resto del árbol y lo afianzan. Ni astros ni leyes físicas ni ideologías ni discursos racionales… solo Dios alimenta en esperanza, ya presente, pero aún no consumada. Los frutos son indicativo de lo que, en lo oculto, resuelven las raíces. El que es de Cristo, producirá frutos de justicia, paz y misericordia, y una alegría contagiosa y profunda. “Dios espera siempre en las raíces” (R. M. Rilke). Es ahí donde nos espera también el triunfo la claridad radiante de lo que somos. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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