Ciclo B

XTantos 2018


DOMINGO VI DE PASCUA (ciclo B). 6 de mayo de 2018

 

Hch 10,25-26.34-35.44-48: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.»

Sal 97,1.2-3ab.3cd-4: El Señor revela a las naciones su salvación

1Jn 4,7-10: Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios

Jn 15,9-17: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

 

El apetito de mandar se abre con poco y afecta a muchos. Menos común es que, puestos a mandar, se mande bien. El éxito de esta tarea ha de estar precedida por una actitud obediente: para mandar bien hay primero que haber obedecido, lo cual no solo consiste en cumplir rectamente con lo que se nos ordena, sino también comprender su sentido. Otra cosa necesaria para el éxito: que el mandamiento busque lo bueno. Y si tenemos seguridad en que quien manda quiere lo mejor para nosotros, aunque haya órdenes no del todo comprendidas (a veces nada) esto no provocará negativa para la obediencia. Así tendría que suceder cuando nos manda el Señor.

            Jesucristo vino mandando, porque eternamente estuvo obedeciendo. Nada encuentra más delicioso que cumplir con la voluntad de su Padre. Del mismo modo lo quiere para nosotros, compartiendo el gozo de estas delicias. Y es que mandar es un acto de voluntad por el que uno dice: “aquí estoy”. En su caso: “Yo soy”, como apunta el evangelista san Juan: “Yo soy la Vid, el Buen Pastor, la Puerta del redil, el Camino, la Verdad y la Vida…”. Él es porque  su Padre es y ambos son en el Espíritu. En fin, misterios trinitarios; el misterio del amor. Pero mandar se convierte en un acto libre y soberanos cuando se hace en obediencia, por lo que ese: “Yo soy”, puede definirse como un “Yo obedezco… y por eso mando”.

Este prodigio eterno ha querido ser compartido con nosotros, para que también seamos. El Maestro, para ello, nos manda. Pide que miremos al Padre y el vínculo de amor con su Hijo, porque en Jesucristo somos hechos hijos de Dios para participar de este amor; pide que nos miremos nosotros, y no olvidemos que, si hijos del mismo Padre eterno, también somos hermanos los unos de los otros, con lo que habremos de compartir lo recibido de Él, herencia de amor, como, precisamente, el único modo de preservar y ver aumentada esta herencia.

Las órdenes del Maestro con las que concluye el episodio: “Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado”, vienen corroboradas por la autoridad de quien no solo dijo, sino también hizo. La trayectoria de su vida lo acredita y el momento que inmediatamente continuó a estas palabras lo muestran de modo sublime. Porque para mandar bien hay que amar y el amor exige una ofrenda de la propia vida, como observamos que ha hecho el Padre en su Hijo. ¡Cuánto se aman! El objeto de la contemplación cristiana tiene aquí su fuente y su referente primero y último. Más aún que la consciencia el amor que Dios nos tiene está la alegría de ver el amor del Padre hacia el Hijo en reciprocidad. Donde está el origen del amor hacia nosotros y entre nosotros. Asomándonos a esta realidad divina, cómo no apetecer obedecer en todo al Padre, a quien su amor le ha llevado a crearnos a su imagen y configurarnos con su Hijo y redimirnos y salvarnos por su muerte y resurrección. Mucho tenemos que contemplar los misterios de Padre e Hijo, del padre mandando y el Hijo obedeciendo, para ir progresando nosotros en el camino del bueno hijo que obedece al Padre procurando cumplir en todo su voluntad y cuando manda, lo hace porque Dios antes se lo pidió no buscando otra cosa que manjar de gloria para sí y para los hermanos. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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