Ciclo B

DOMINGO VI T. ORDINARIO (ciclo B). CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE. 11 de febrero de 2018

 

Lv 13,1-2.44-46: El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.

Sal 31,1-2.5.11: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

1Co 10,31–11,1: hacedlo todo para gloria de Dios.

Mc 1,40-45: “Quiero: queda limpio”.

 

¡Miserable, desgraciado! Con palabra o sin ella, expresamos con virulencia nuestra desaprobación a aquellos que nos molestan reflejando que no son bien recibidos, que nos son molestos, que son amenaza para nuestra paz. Un modo de evitar esa presencia perturbadora es procurar una distancia que puede ser física o una actitud de indiferencia u olvido. Esto para los incordios individuales; ¿Y para los comunitarios? Basta con no arrimarse: no preocuparse, no interesarse o, más agresivo, expresar un rechazo manifiesto. Hay que defenderse de algún modo. Los prejuicios justifican la conciencia, porque la comunidad ha de preservar su integridad, procurando evitar aquello que la desestabiliza. Estas maneras defensivas tienen su éxito mayor cuando la persona interpelada por la sociedad asume su condición de “proscrito”, miserable y desgraciado, y, sabiéndose generador de malestar, él mismo decide apartarse.

El enfermo de lepra no era bien recibido en la comunidad israelita. Su enfermedad, difícilmente curable, provocaba desasosiego en la sociedad, pues traía el anuncio de un muy probable contagio. La falta de recursos movería a tener que alejar al enfermo de todo contacto con el resto de paisanos y obligarlo a vivir en la distancia. El problema sanitario derivaba en uno social y luego religioso: no solo estaba enfermo, sino que, además, era considerado “impuro”, elemento distorsionante en la armonía divina reflejada en la sociedad judía. Privado de trato social, también era apartado de una relación normalizada con Dios: no podía participar en el culto ni seguir las normas rituales…  Por ello era el sacerdote el encargado de determinar sobre la pureza o impureza.

La actitud del leproso que se acerca a Jesús es ciertamente osada. Rompe la barrera de la distancia impuesta por la ley religiosa, a riesgo de que se le increpe, que se le desprecie y rechace con violencia. Ejerce cierta rebeldía ante su situación, no resignándose a su situación y a la consideración de los demás. Está enfermo, pero no tiene por qué estarlo siempre. La esperanza en un Dios Padre misericordioso, el mismo que anuncia el Maestro de Nazaret, abre expectativas para una acción misericordiosa de Dios. Se acerca a Jesús a pedir lo que nadie antes le había dado: salud. Mientras que los sacerdotes no hacían más que constatar la realidad, pureza o impureza,  Jesucristo aparece mucho más eficaz, porque es capaz de convertir al considerado impuro en un israelita de pleno derecho, tan puro como los demás. No lo cura en la distancia, sino que lo toca, evocando la imagen del Dios Padre Creador obrando como alfarero para darle forma al hombre primero de la tierra del suelo. Es la misma tierra que asumió Jesucristo al hacerse humano, la misma tierra que Él ha venido a sanar y salvar.

Ni la comida ni la bebida nos distrae de Dios, sino, al contrario, nos invitan a alabar a nuestro Señor, porque todo cuanto recibimos, cuanto vivimos y trabajamos ha de estar referido a Dios, a su gloria. Y la gloria de Dios es que el hombre viva y viva en plenitud, con integridad y en crecimiento hasta el encuentro definitivo con su Creador y su fin. Pero, si observamos importantes carencias en alguien de cerca o de lejos con respecto a esta integridad, hemos de sabernos sacerdotes por nuestro bautismo para acercar, como hizo el Señor, acoger, integrar, sanar… La terrible fisura generada por el pésimo reparto de los bienes de la tierra, que hace sufrir a tantas personas, nos ha de estremecer y conmover, porque es una de las mayores y más feas barreras entre unos y otros. De ahí que en esta Jornada por la lucha contra el hambre vuelve a incidir en esta realidad anti-cristiana donde Cristo, a través de nosotros, discípulos suyos, ha de obrar

Nadie indigno nadie miserable ni desgraciado ni impuro, sino solo aquellos que rechazar ser instrumento de la misericordia de Dios para acoger y promover la plenitud de toda persona. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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