Ciclo A

DOMINGO XXXI T.ORDINARIO (ciclo A). 5 de noviembre de 2017

 

Mal 1,14–2,2b.8-10: ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor?

Sal 130,1.2.3: Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

1Te 29,7b-9.13: Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas.

Mt 23,1-12: Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

 

 

            Comencemos por la tierra. Las piernas sostienen el peso del organismo por la tierra que pisan; el cuerpo puede erguirse porque hay debajo una tierra firme y estable; si levantamos la cabeza se debe a que hay un fundamento a ras del suelo. Y nadie, por alto o por ancho que sea, puede sustraerse a este principio que comienza en lo más bajo, la tierra misma.

            No pocos problemas comienzan cuando se olvida el fundamento terrestre e insistimos en una altura celeste que despista, como si nuestros pies estuviesen sujetos en las nubes y nos dirigiésemos a los que nos rodean de arriba abajo. Tras cada mirada de superioridad o por encima del hombro, se delata cierto complejo que expresa ese olvido de la tierra de la que todos partimos. No habrá muchos que no podamos identificarnos, al menos un poco, entre esos fariseos cuya actitud critica Jesús: parecen necesitar del reconocimiento de los demás para saberse importantes, grandes, mejores… Es un crecimiento engañoso el que se nutre de las apariencias; así se alcanza una altura ilusoria y ficticia, porque para crecer hay que partir de algo tan concreto y real como la tierra. Esta es “humus” y del humus brota la “humildad”, la actitud más realista que hay para afrontar la vida; y su ejercicio nos convierte en virtuosos.

            Sábete muy terrestre, muy necesitado de la tierra, de la que nunca se puede prescindir para llegar a cierta altura. Date cuenta de que eres muy dependiente de los demás, con los que sales de la misma meta, la tierra, y entre los cuales seguramente no vas a destacar especialmente (y si lo haces no será tanto). Gracias a lo que los demás te proporcionan con su servicio has podido progresar; y gracias a lo que tú aportes, ayudarás a lo mismo a otros. Por ello tu alegría tendría que ser tan grande en tus éxitos como en los de los demás. Todo lo bueno que contemples, venga de quien venga, agradécelo como un regalo del Señor acogido por esa persona y disfruta cómo resplandece el poder y la luz de Dios en las obras maravillosas de quien trabaja embelleciendo el mundo.

            La altura que podemos alcanzar viene acotada modestamente por la tierra de la que partimos, hasta darnos cuenta de que apenas sobresalimos sobre las otras cabezas; pero, además, viendo toda la distancia que nos queda hasta tocar el cielo, ¿quién está legitimado, si es honesto y un poco sensato, para considerarse “grande, mejor, inalcanzable”? Todos los intentos de aquellas personas religiosas de las que habla Jesús para parecer más piadosos (alargar las filacterias de los mantos), más honorables (sentarse en los primeros puestos), mejores (esperar las reverencias o que les llamen maestros), son frustrantes, porque no consiguen siquiera un centímetro más de altura y, además, no satisface ese deseo de más, sino que lo aumenta. En cambio no hay que tener como grande y maestro más que al Señor (el Gran Rey, en palabras del profeta Malaquías) y, teniendo esto presente como principio, aprender de todos, donde la maestría de Dios se hace presente. Ningún título ni privilegio ni riqueza mayor que la de ser “hijos de Dios”. Para lo cual es imprescindible saber que solo hay un Padre y todos somos hermanos. Realismo, mucho realismo de tierra, humilde, para dejar que Dios trabaje en nosotros ese movimiento que nos hacer crecer hacia lo alto. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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