Ciclo A

Fallece el Sacerdote Miguel Ángel Angora Mazuecos

A la edad de 68 años fallece el Sacerdote Don Miguel Ángel Angora Mazuecos en la tarde noche del día 7 de Junio del 2018, párroco de Ntra Sra de los Ángeles en Ciudad Real, delegado de Vida Consagrada en la Diócesis.

Nació el 3 de Julio 1949, ingresó en el Seminario el 12 de Septiembre 1960, se ordenó como Presbítero en Castellar de Santiago el 6 de Junio de 1975. Coadjutor de Madre de Dios de Almagro entre 1975 y 1978, cuando se le encomendó también como Coadjuntor en la parroquia de San Pedro Daimiel hasta 1991, en 1978 Consiliario del Movimiento Junior. Entre 1984 y 1991 Secretario Arciprestal de Mancha Oeste, en 1991 párroco en Herencia hasta 2006

Éste último año el Señor Obispo lo nombró Padre Espiritual del Seminario Diocesano en Ciudad Real, también delegado diocesano Vida Consagrada y Administrador parroquial en Villamayor de Calatrava.

Damos GRACIAS por su vida cristiana y Sacerdotal. Gozando de la presencia del Padre y arropado con el Manto de María.  D.E.P

La misa Exequial será en la mañana del sábado día 9 de Junio a las 12;00 horas, presidida por Monseñor Gerardo Melgar, en la parroquia de Santa María en Alcázar de San Juan  

DOMINGO IV de CUARESMA (ciclo A). "LAETARE". 26 de marzo de 2017

 

1Sam 16,1.6-7.10-13: El Señor ve el corazón.

Sal 22,1-6: El Señor es mi pastor, nada me falta.

Ef 5,8-14: Ahora sois luz en el Señor… Cristo será tu luz.

Jn 9, 5-42: “Yo soy la luz del mundo”.

 

Vio el Maestro al que no podía verlo a Él y sus manos se pusieron a trabajar. ¿No era suficiente su Palabra  para decir y que se hiciera? Así sucedió desde el principio de los tiempos cuando dijo Dios: “Hágase la luz y la luz se hizo”. Si tanto arte derrochaba ya en los orígenes de la creación, ¿qué impedía ahora repetir la Palabra sanadora, regeneradora, que diera luz a unos ojos impedidos desde siempre, que nunca entendieron la luz, nunca no los alcanzó?

 

            El relato contiene mucha sustancia de los orígenes, que nos relata el libro del Génesis en sus primeros capítulos. El Señor inicia la Creación con la luz y la culmina dando a luz al hombre. Todo lo creó con su Palabra, salvo su criatura más entrañable, el ser humano, para el que implicó, al modo del alfarero, sus manos creadoras: el Hijo y el Espíritu, que tomaron la materia prima formada de tierra y, humedecida por el Espíritu de Dios, recibió forma y aliento de vida. Jesucristo emula la obra del Padre Creador. El pasaje evangélico nos repite varias veces la hazaña: “tomó barro, lo untó en los ojos, me lavé y veo”.

 

En este caso (el Maestro lo deja claro) no hay pecado de por medio, ni propio del hombre ciego ni de sus padres, sino una carencia primitiva, de nacimiento, una deficiencia que impide ver. ¿Dejó el Padre inconclusa su obra? Las palabras de Jesucristo al respecto nos dan pistas: “para que se manifiesten en él las obras de Dios”. ¿Puede un padre dejar a su hijo en la indigencia para que un día reciba de su mano? ¿Es bondadoso privar a uno de la luz para un día obrar el milagro y que otros lo vean? No parece que apunte por aquí este pasaje, sino que, más bien, nos lleva a considerar que la obra que Dios había creado con sus manos, el hombre, no alcanzaría plenitud hasta que no viese al Hijo de Dios hecho hombre y lo confesase como su Señor y se postrase ante Él. La realidad no puede ser vista ni entendida sino reconociendo que Jesucristo es Hijo de Dios y que todo lo ha hecho el Padre por el Hijo y que solo en el Hijo puede encontrarse la plenitud de aquello que comenzó desde la luz.

 

            Los fariseos se manifiestan como los que rechazan la Luz de Jesucristo y se quedan ciegos, porque no son capaces de superar el séptimo día de la creación. Para ellos el sábado representa lo definitivo, y no son capaces de asomarse al octavo día, al de la nueva creación, al de la Resurrección de Jesucristo. Invitados a la luz, la desprecian y quedan invidente del entendimiento de la obra creadora de Dios. Rehusaron las manos de Dios que se acercaban para tocar el corazón, la sede de la sensibilidad ante la luz y se hicieron un terrón duro, impermeable al agua del Espíritu de Dios, que amansa para dar forma. Ellos intentan, a su modo, modelar también los corazones de los demás y configurar la sociedad, provocando el miedo con la amenaza de la expulsión de la comunidad judía, de la sinagoga. El que ha visto a Jesucristo es iluminado en sus sombras y pierde todo miedo, porque se ha encontrado con aquel que puso sus manos creadoras de nuevo para darle vida con su luz, y vida eterna. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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