Ciclo C

DOMINGO XXIX T. ORDINARIO (ciclo C). 16 de octubre de 2016

 

Ex 17,8-13: Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel.

Sal 120,1-2.3-4.5-6.7-8: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra

Tim 3,14–4,2: Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Lc 18,1-8: Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?

 

No le faltaban motivos a la viuda de la parábola para desanimarse y renunciar a todo intento de justicia. Había perdido la protección más cercana y eficaz, la de su marido, lo que la dejaba en una considerable indefensión; ni siquiera contaba, aquí en la parábola, con el apoyo de otros próximos, familiares o amistades. Pero aún habría posibilidad de amparo en el juez, que es a quien hay que apelar oficialmente para conseguir esa justicia anhelada, si fuera un juez que asumiera sus responsabilidades… Pero al encargado de hacer justicia le daban igual dioses y hombres, ni creía en unos ni le importaban los otros.

            Si buscó y no encontró ¿para qué molestarse más? Cuando no recibe ayuda de los suyos, ¿por qué acudir a un ajeno? Cuando el ajeno tampoco hace caso, ¿por qué insistir? Porque el juez tiene la obligación de trabajar para la justicia, aunque no quiera. Parece aferrarse a una confianza ilusa en que ese funcionario desaprensivo cumpla con su oficio, pero cree encontrar ahí una brecha por la cual insertarse y que no le hace retroceder a la primera tentativo: si ese hombre es juez, tiene una obligación con la justicia. Por eso le va a recordar sin tregua su trabajo. La desidia del juez es contrarrestada y superada por la insistencia de la mujer y por temor a que ésta pasase a mayores y llegara a las manos. El interés de la viuda finalmente acaba propiciando el interés del juez, aunque solo sea para evitar una agresión.

            La parábola de Jesús está al servicio del tema fundamental de las lecturas de este domingo: el trato con Dios, la oración. La tenacidad que nos pide el Maestro no tiene el objeto de ablandar del corazón del Padre, sino el nuestro, para que no se acomode en la rigidez ni en la autosuficiencia. Cuando se tuercen nuestros proyectos… entonces nos vemos en la necesidad de pedir mirando al cielo. Pero, ¿sólo habrá que mirar hacia Dios cuando se nos hace irremediable? Como a la viuda no le acompañaban unas fuerzas normales (marido, familiares) es consciente de su desprotección, pero se arma de lo que tiene: perseverancia, insistencia, reiteración. Tan importante era para ella que el juez le hiciera justicia, que no cesó en su empeño. Podría haberse cansado, desistir tras varios intentos… pero así habría renunciado a su propósito. ¿Y si en ello le fuese la vida? Lo único de lo que disponía era su tesón; y éste resultó triunfador.

            Siendo un juez justo y bueno, dispuesto siempre a la justicia y la misericordia, sin embargo a Dios no se le insiste con demasiado empeño. Sabemos que está con disponibilidad absoluta pero, mientras nos sentimos dominadores de la situación, con bastantes fuerzas, y un desarrollo de los acontecimientos suficientemente aceptable, tampoco lo consideramos demasiado necesario. Cuando la situación nos impone incomodidades es cuando vamos corriendo hacia Dios. Esta carrera suele estar acompañada por una impaciencia para un consuelo, una solución, una respuesta inmediatísima. Y así pretendemos digerir en unos instantes aquello para lo que necesitábamos un largo periodo de tiempo.

La oración constante diaria nos prepara a la conversación con Dios y a una panorámica pacífica, alegre y radiante de la vida. Orantes, conversadores con nuestro Señor y Amigo, tendremos por natural y vital el trato cercano y habitual con Él, siendo también a nuestro alrededor testimonio y mediadores para que otros también puedan vencer en sus luchas, para que aprendan a elevar sus brazos buscando a Dios, y no sólo en el instante de la batalla, como el pueblo de Israel con los amalecitas, sino en todo momento: con acción de gracias, alabanza, petición, intercesión… todo aquello que pronuncia nuestro corazón y que pide unos oídos para lo escuchen y que presta los suyos para escuchar. Ese corazón, cualquier corazón pide vida, todo lo que concierne a la vida, desde el pan de cada día hasta el pan de vida eterna. Y clama por cualquier atentado contra la vida por falta de justicia y caridad, haciéndonos más hermanos de los de aquí, de un modo más delicado con los que no reciben justicia,  ejerciendo más de hijos con el Padre por medio de Jesucristo, nuestro Hermano.

Y ahí está la Palabra de Dios voz insustituible a tiempo y a destiempo, con la que le hablamos y nos habla. Sin embargo, impacientes de una solución rápida, desconocemos los lenguajes del juez bueno que resuelve lo que nuestro corazón clamaba, y no lo oímos, porque llegamos a Él exigiendo una respuesta unilateral y apresurada, distinta de la repuesta del amor real que considera otros tiempos y necesita una presencia serena y constante.

Estamos tan necesitados de Él y, al mismo tiempo, tan atendidos, que al menos tendríamos que exigirnos un tercio del interés de aquella viuda. Y ella estaba en clara desventaja con nosotros, pues contaba solo con un juez mezquino y encontró finalmente justicia ante su insistencia y perseverancia. ¿Qué no hará por nosotros nuestro Padre bueno autor de la vida y dador de vida eterna? Nos sobran motivos para no demorar más la conversación con el Señor. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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