Ciclo C

Adviento 2019

 

 

DOMINGO V DE PASCUA (ciclo C). 18 de mayo de 2019

 

Hch 14,21b-27: Les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos.

Sal 144,8-13: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.

Ap 21, 1-5a: Esta es la morada de Dios con los hombres

Jn 13,31-33a.34-35: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

 

La comunidad eclesial de Antioquía no solo daba, también recibía. Dio a Pablo y Bernabé para que llevasen el mensaje del evangelio. Ellos recorrieron muchos pueblos y regresaron allá donde habían empezado, a Antioquía. Volvían a casa, a su comunidad, y allí les llevaron los frutos de su envío: la alegría de “lo que Dios había hecho por medio de ellos”. Traían a su Iglesia de partida la noticia de un Evangelio que se iba difundiendo e iba siendo acogido por otras personas que formaban nuevas comunidades. En ello todo eran motivos para bendecir a Dios y darle gracias. Compartían el gozo de haber encontrado a Jesucristo y seguirlo. Cuantos más, más alegrías. No dice Lucas que les narrasen las penalidades pasadas, las carencias o abundancias y el éxito personal… sino que lo que comunicaban era que mucha gente de diferentes lugares se había dejado tocar por Dios y había reconocido a Jesús como el Señor. Gloria, siempre, a Dios.

Mediante ellos, Dios iba renovando corazones. El que había creado la creación lo hacía todo nuevo. La renovación definitiva la anuncia en profecía el libro del Apocalipsis. El Evangelio llegaría a penetrar todo corazón y los fecundaría por la acción del Espíritu. Anticipa la erradicación de cualquier amenaza contra la vida humana y su felicidad. No era precisamente el momento de relatar alegrías cuando escribió el autor del Apocalipsis, y sin embargo, en un ámbito hostil, barrunta esperanza. Más allá de las amenazas de aquellos tiempos, confiaba en la victoria de Dios, Él único que puede vencer, porque es el único que puede hacer todas las cosas nuevas.

            Esto nos lo había enseñado Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. En la cena de despedida dejó tanto… se dejó a sí mismo. En la sobremesa, cuando ya el amigo arrepentido de ser amigo, el que iba a traicionar, se marchó, el Maestro habló de su glorificación. Alcanzaría la gloria en el puesto de un maleante y visto por muchos como tal. A ellos y a una muchedumbre inmensa los salvaría gracias a su Cruz. Daría gloria a Dios siendo Hijo hasta las últimas consecuencias, hasta entregar todo lo suyo por amor al Padre, que en su Hijo amaba a todas las criaturas. Y habló también del amor necesario entre unos y otros. Todo aquello les dio el maestro y aún más que recoge el relato extenso del Evangelio. Porque nadie puede dar sin haber antes recibido. Pero nadie puede recibir más, si antes no ha dado lo que tiene. Tan lleno y tan dispuesto a llenar, cuando estaba a punto de vaciarse por completo. Dios Padre le daría a rebosar por completo en su resurrección. Antes tuvo que decir: “Soy Hijo”, hasta expirar entregando el espíritu.

            Qué maltrecha queda la vida, no cuando impone dificultades, sino cuando no se aprende a amar conforme al mandato del Maestro. Porque la cruz no es impedimento para el amor y la entrega, sino su crisol, su prueba. Porque la gloria de Dios no se puede proclamar con claridad sino desde la cercanía con Jesucristo crucificado. Esa será la señal identificativa del cristiano: llevar a los otros lo recibido de Dios, el amor incondicional, amando con esmero a los menos amados a los que menos aman a los que desperdician el amor de Dios.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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