Ciclo C

DOMINGO III DE PASCUA (ciclo C). 5 de mayo de 2019

 

Hch 5,27b-32.40b-41: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ese?

Sal 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Ap 5,11-14: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”.

Jn 21,1-19: Sabían bien que era el Señor.

 

Las autoridades judías mandando y los apóstoles de Jesús desobedeciendo. Era de esperar: su Maestro ya se les había antojado a los mandamases del pueblo especialmente divergente y díscolo. Con su muerte no terminó la rebeldía, más bien se multiplicó. Lo alarmante no era la confrontación con una doctrina nueva y diferente, sino que aquel hombre, cuyo nombre evitaba pronunciar el sumo sacerdote, se hacía garante auténtico de la vieja doctrina; aquella misma que pretendían proteger los responsables judíos con sus prohibiciones. Pedro se encargó de recordarles no solo el nombre de su Maestro, Jesús, sino también su identidad. Lo hacía mediante una antigua confesión de fe. En Él y por Él quedaba avalada la disidencia con respecto a algunas materias concernientes a la relación con Dios, porque Él garantizaba la verdadera fe conforme a la voluntad del Padre. Los apóstoles tenían clara la jerarquía de obediencias: primero a Dios, luego a los hombres, por muy hombres de Dios que se tuviesen.

Jesús no solo había sido un buen judío, sino el mejor de los judíos; más que un buen maestro: el Hijo de Dios y salvador del ser humano. Aprovechó la ocasión Pedro para referírselo al sumo sacerdote. El obediente a Dios busca el momento oportuno para hablar de su Señor. A veces sucede que cuanta más obediencia a Dios, más desobediencia a los hombres y a lo que estos provocan para que se les obedezca: miedo, violencia, dinero, reconocimiento…

También es cierto que hubo ocasiones en las que Pedro fue más obediente a otros y menos a Dios. Al negar conocerlo tres veces afirmaba la sumisión al miedo, a la derrota, en definitiva: a la cruz. Al contrario que su Maestro, el Crucificado, que había pasado por ese trance en la noche de Getsemaní. La situación le llevó a una gran angustia y a una terrible tentación. Sin embargo escogió la obediencia al Padre, lo que le llevó a la pasión y a la cruz. Obedeció a Dios hasta la desobediencia a la carne. Esta decisión fue, con mucho, la mejor. La atención a Dios procura siempre lo mejor, aunque parezca inicialmente otra cosa. Porque la obediencia causa más unión a Él, y no solo, también más presencia de Dios en nuestro mundo. Más reconocimiento del poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza al Cordero; con ello más bienaventuranza y dicha divina. No es un asunto con repercusión particular; implica al género humano al completo. Es mucho lo que se juega en cada decisión importante, cuando asentimos o negamos a la voluntad de Dios.

Y siendo tanto lo que arriesgamos en nuestro asentimiento o negación a Dios, ¿no tomará medidas para atajar cualquier disidencia? De nuevo Pedro nos ofrece una respuesta. En ningún momento tras la muerte del Maestro recibió recriminación por su cobardía. Un gallo se encargó de rubricar la profecía y las lágrimas del apóstol de buscar la misericordia divina. Esta es una de las primeras obediencias: aceptar la misericordia de Dios, pedir su perdón desde la humildad y el arrepentimiento. En cambio, Jesucristo causó la eficacia en la pesca infructuosa. El resucitado capacita para el éxito cuando quiere, aunque parezca un tiempo desfavorable. Solo pide obediencia, aun contra el sentido “profesional” de quien no ve conveniente el momento (como la pesca al amanecer). Luego conversa con Pedro con esa pregunta triplicada sobre su amor. El querer de Pedro le basta y le sigue confiando una responsabilidad excepcional: pastorear a su rebaño. Esto deja claro que el único pastor es Cristo (habla de mis ovejas y mis corderos), pero busca seguidores en el pastoreo que se unan a su misión, haciéndose cargo de sus ovejas.

El Maestro no cesa a los desobedientes, solo les pide amor y entrega. Por eso, a más consciencia y, sobre todo, experiencia del amor de Cristo, más obediencia. Más obediencia a Dios y relativa a los hombres, en la medida en que en ella se cumpla la voluntad de Dios.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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