Ciclo C

DOMINGO III DE CUARESMA (ciclo C). 24 de marzo de 2019

 

Ex 3,1-8a.13-15: El sitio que pisas es terreno sagrado.

Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11: El Señor es compasivo y misericordioso.

1Co 10,1-6.10-12: El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.
Lc 13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.


Llegará un día en que los pies no puedan corresponder a las órdenes del corazón. Habrán ido, paulatinamente, perdiendo agilidad y seguridad, hasta que los pasos se hayan hecho inciertos y costosos. La ancianidad comienza no pocas veces en las piernas. El camino se limita y se busca el terreno sin desniveles ni obstáculos. Hasta entonces a los pies tampoco les importó mucho el piso donde se plantaban.

                Caminaba Moisés como diariamente en su oficio de pastor desde que salió de Egipto huyendo del faraón. Desde niño había tenido costumbre de pisar en terreno de palacios, mientras que ahora había de pisar el suelo árido de la estepa desértica, la misma tierra sobre la que ponían sus pezuñas sus rebaños. Pero un día se encontró, sin darse cuenta, pisando terreno sagrado. Ante él sucedió el prodigio de una zarza ardiendo sin que esta se consumiera. Dios se le manifestaba para mostrarle quién era y enviarlo a realizar una misión importante para su pueblo. Tuvo que descalzarse, poniendo piel con tierra, como signo de reverencia. Allí donde se hace presente Dios convierte el terreno en sagrado y hay que quitarse el calzado entrando en contacto directo nuestra sensibilidad con el lugar habitado por Dios. En aquellos días Dios habitaba entre su pueblo oprimido y esclavizado por los egipcios. Clamaron a Él y Él les asistió. Aquella tierra, lugar de visita del Altísimo, pueblo de Israel, era más sagrado que los mármoles de las moradas de los faraones. Dios estaba con ellos. De este modo, Moisés aprendió y enseñó a caminar en terreno sagrado. Durante cuarenta años anduvo con su pueblo intentando hacer entender a los israelitas que el camino hacia la Tierra Prometida había que realizarlo descalzo, es decir, con profunda reverencia y agradecimiento a Dios, con humildad y acogida, porque este mismo Dios, “yo soy”, lo había convertido en terreno sagrado. Por eso podía escuchar el nombre de su Creador y Señor, de su Compañero en el nuevo camino. Camino de tierra sagrada.

                La higuera, árbol especialmente generoso, da en dos ocasiones cada año, convierte la tierra en fecunda por medio de su fruto. Es posible que la imagen de la higuera nos remita al templo de Jerusalén en esta parábola, pues en tiempos de Jesús simbolizaba esta institución. Con ello se estaría refiriendo al Pueblo de Israel y su relación con Dios. Sin el injerto en Cristo dejaría de dar fruto a su tiempo. Era buena su tierra, pero agotada, el abono y la frescura que traía el Maestro de Nazaret aportaba consigo también la fecundidad, hacía aún más sagrada la tierra. No otra tierra, sino su propia carne, la condición humana. Ante ella hay que descalzarse, porque es terreno consagrado por Dios y donde se hace presente por medio de su Espíritu. La visualización más resuelta a constatar el provecho de esta tierra es el fruto. Dos frutos se le pedía al pueblo israelita, el cuádruplo se le puede exigir a la Iglesia que conoce a Jesucristo crucificado y resucitado. El cuádruplo a cada cristiano, terreno sagrado para trabajar por la consagración de toda tierra. El trabajo es condición indispensable para ser de Dios, para mejorar.

La tranquilidad religiosa de un grupo de galileos fue perturbada por la espada de Pilatos; el derrumbe de una torre alteró la cotidianidad de dieciocho jerosolimitanos. Los discípulos de Jesús, como seguramente muchos judíos, vieron en ello el castigo debido a frutos malos. Jesucristo, en cambio, advierte de que ese final abrupto y violento puede esperarle a cualquiera. Lo realmente importante es una conversión profunda que se esmere por los mejores frutos en el Señor. ¡Qué menos se le puede pedir a esta tierra sagrada!

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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