Ciclo C

DOMINGO IV DE ADVIENTO (ciclo C). 23 de diciembre de 2018

Miq 5,1-4: Él mismo será la paz.

Sal 79: Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Heb 5,10-15: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo.

Lc 1,39-45: “¡Bendita tú entre las mujeres!”

 

Salió María de su casa hacia la montaña como con prisas para recorrer un camino de varias jornadas hasta el sur de Palestina y visitar a Isabel y Zacarías. La escena que nos ofrece el evangelio de este domingo cuarto de Adviento es conocida tradicionalmente como la “Visitación de María a su prima Isabel”. Salió María sin haber previsto y pasó un tiempo fuera de su casa. Esto tienen las visitas, que se ha de dejar la casa propia para morar en la de otro.

            Allí se presentó María, parece que sin aviso previo. Un poco al modo de Dios, que sin notificarlo envió a un mensajero a Nazaret “a la casa de una virgen desposada con un hombre llamado José, ella se llamaba María”. En realidad sí que había avisado mucho antes por boca de sus profetas, por Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel… Miqueas (que anunciaba un rey luminoso y de paz). Ya nos visitaba de antiguo con su palabra en tanto mensajero. Y anunció que nos visitaría con un Mesías. Los orientales son mucho de visitas, lo viven con gran normalidad. Así el hogar se extiende por tantos lugares como permite la hospitalidad. Más fácil entre la familia. A Dios le negaron hospedaje incluso entre los de su pueblo. Pero María aguardaba la promesa de Dios y acogió alegre aquella misteriosa presencia de Dios mismo en su carne, la humana y la de María.

            Si tan visitada había sido por Dios la joven nazarena, mejor quedarse en contemplación y espera prudente de aquel visitante en gestación. Sin embargo, no se quedó. Cumpliría tal vez con leyes sagradas del parentesco o del afecto: visitó llevando asistencia a su prima en su embarazo, visitó llevando su afecto y compañía, visitó para compartir la felicitación de la familia y expresar su alegría por la visita que Dios Santo les había hecho en su ancianidad. Todo esto lo acarrea el acudir desde tu casa propia a la de otros, se vierte lo de un hogar hacia el otro.

Pero, sobre todo, visitó porque Dios había visitado a su pueblo con redención y salvador, aún más con un Redentor y un Salvador. Lo que llevó María a casa de Zacarías era la presencia de Dios en su vida, el motivo más sublime por el que visitar a alguien, la noticia más gozosa para compartir. María e Isabel compartieron mutuamente la visita que el Señor les había hecho a ambas, se alegraron con gran gozo; en sus pequeñas casitas Dios visitaba al universo con precursor y Salvador, con mensajero y Señor, con el mayor nacido de mujer y el Primogénito de toda la creación.

 A pocos días de celebrar la visita del Altísimo a la humanidad en la misma carne humana, nos preguntamos si somos “teóforos”, portadores de Dios; si hemos hospedado a Dios y salimos de visita fuera de nuestra casa y habitados por Dios dando testimonio de Quién nos ha visitado y cómo lo ha hecho. Cómo mora el Señor en nuestro mundo desde nuestras limitadas moradas y cuánta alegría nos trae con ello. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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