Ciclo B

Adviento

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (ciclo B). 7 de enero de 2018

 

Is 42,1-4.6-7: “Sobre él he puesto mi espíritu”.

Sal 28,1-4.9-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hch 10,34-38: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

Mc1,7-11: Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

 

Lo vio Isaías en profecía, el que había de nacer como príncipe, siervo sufriente, consuelo de Israel, luz de los pueblos. Lo vio el arcángel Gabriel en anuncio. Lo vieron María y José, admirados ante la maravilla de un Dios hecho carne en una concepción virginal. También lo vieron los pastores en torno a Belén tras el anuncio de los ángeles, y lo vieron niño en todo, hasta en debilidad, indefensión e indigencia hasta dependen en todo de los humanos. Lo vieron Simeón y Ana, ancianos, piadosos y sabios, anhelantes del Mesías. Lo vieron los Magos de Oriente, y le ofrecieron presentes y lo adoraron.

Y tú, ¿qué has visto? ¿Ha acompañado a tantos que vieron al Hijo de Dios hecho carne recién nacido? O, ¿dónde encontraron tus ojos motivos para detenerse y hallar encanto en todo lo que venimos preparando y hemos celebrado? ¿Qué has visto de la espera expectante acentuada en el Adviento y la disposición para la celebración del misterio del Dios encarnado? ¿Qué has visto en su nacimiento de la humildad del Dios todopoderoso hecho carne para nuestra salvación? ¿Has visto a María como Madre de Dios y a José como el santo piadoso que asume la paternidad adoptiva del Hijo de Dios? ¿Has visto a la familia de Nazaret? ¿Y a todos los pueblos de cualquier época y lugar adorando al Niño representados en los magos de Oriente? ¿Has visto algo de todo esto?

También lo vio Lo ha visto Juan el Bautista, acercándose hasta el Jordán para recibir el agua del bautismo. Con este acontecimiento, con Jesucristo ya adulto, se clausura el tiempo de Navidad. Pero no para dar por finalizada una etapa e iniciar otra nueva, sino para seguir recorriendo con nuestros sentidos el itinerario del Señor, para no dejar de contemplarlo y escuchar y ver cuanto nos dice Dios Padre por medio de su Palabra hecha carne.

Lo que vio Juan el Bautista y nosotros vemos y escuchamos en la letra del Evangelio es el gozne entre la vida llamada “oculta” de Jesús y su manifestación pública. Juan tomaba el agua como símbolo de una conversión interior. Jesucristo no se acerca para aparecer como uno de tantos, sino para recibir el Espíritu Santo que lo acredite y disponga para la misión que va a desarrollar. Es el Espíritu cuyas huellas distinguimos en su concepción (por obra del Espíritu Santo); en su crecimiento en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres; el que se derrama tras el agua sobre Él para que lo humano de Cristo sea configurado por Dios. Aquí se manifiesta la Trinidad y el Padre nos revela a su Hijo para que lo veamos, lo contemplemos y conozcamos que eso mismo quiere hacer con nosotros: Hijos obedientes a su voluntad para la gloria.

El Espíritu que le da al agua un poder especial para, a través de ella, hacer hijos de Dios, haga nuestras realidades, tan cotidianas como el agua, de vigor divino y cumplamos con nuestra misión… hasta que el Señor vuelva. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

Sirviendo a Jesús en el Altar

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