Ciclo B

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA. DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD. 31 de diciembre de 2017

 

Eclo 3,2-6.12-14: Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas.

Sal 127: Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Col 3,12-21: El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Lc 2,22-40: Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del Niño.

 

El Padre eterno abrió sus brazos y, sin dejar de abrazar a su Hijo, hizo que otros padres lo acurrucaran nacido en la carne en Belén, María y José. Y pasando de brazos a brazos, llegó hasta los de un anciano, Simeón, que esperaba con piadosa expectación el nacimiento del Mesías, porque el Espíritu Santo le había revelado que no moriría hasta verlo. La Palabra hecha carne, tenía Padre celeste desde la eternidad, madre en la carne y padre adoptivo. Podría entenderse que ya tenía familia suficiente, pero aún quiso Dios darle abuelos. Y es que, tal vez, una familia andará con alguna carencia, si no están presentes, de algún modo, los ancianos.

Nada dicen las Escrituras de los abuelos maternos de Jesús, de los paternos, solo sabemos el nombre del padre de José. Llegarían escritos posteriores que quisieron hablar de Ana y Joaquín como padres de María. Pero en la lectura del evangelio de hoy, aunque sea de modo fugaz, el Niño es sostenido en los brazos del anciano Simeón y alabado por la anciana Ana. Donde no habían aparecido aún abuelos, Dios Padre los puso. Sucede en el templo, precisamente en el templo, la morada de Dios entre su pueblo, suplantado ya por la carne humana de su Hijo, nuevo templo.  

¿Y qué necesidad tendría el Niño Dios de los mayores? Sencillamente la misma que nosotros. Simeón y Ana se presentan como representantes de Israel creyente y contemplativos que esperan en la promesa de su Señor. Son memoria viva de la historia de la salvación del pueblo judío, que solo encuentra motivos para alabar a Dios, estando atentos a su palabra, a sus signos, a su manifestación en la historia humana. Han hecho que permanezca fresca la esperanza y son capaces de reconocer al Salvador, desde el que interpretan la intervención protectora y providencial de Dios. De este modo enseñan a María y a José la trascendencia de este nacimiento, haciendo ver que no solo abrirá una nueva senda para Israel, sino para todos los pueblos. Enseñan la universalidad de este Niño. Su experiencia creyente los hace testigos privilegiados de lo que ha sucedido en Belén. Simeón y Ana rezuman sabiduría; su dedicación a Dios les había hecho participar del conocimiento del mismo Señor. Enseñan mucho, porque han aprendido mucho. Ellos son la experiencia, mientras que el Niño la inexperiencia; en ellos se acaba la vida, y en el Niño comienza. Y, sin embargo, comparten debilidad, limitaciones y el riesgo de no ser tenidos en cuenta, con la consecuente privación de dos de las predilecciones de Dios: los niños y los ancianos.

Mirando ahora hacia nuestros abuelos, hay que considerar que su referencia es vital para la familia, y toda familia que no la tenga adolecerá de alguna falta (por no decir muchas). En cierto modo y resumiendo, son dos los males posibles y muy actuales cuando ellos no ocupan el lugar que les corresponde en la familia: cuando se les olvida (pérdida del vínculo con la memoria familiar, con la propia historia y tradición), cuando se acude tanto a ellos que sustituyen a los padres y quedan estos auto-desplazados de sus responsabilidades.  El cristianismo trajo una inversión en el orden de prioridad tradicional de la familia: padre, madre e hijo, para dejarlo en hijo, madre y padre. Y los abuelos son garantes de que esto sea así, si ejercen y se les deja ejercer ciertamente como abuelos. No fue ocioso que el Niño Jesús pasase de los brazos de sus padres a los del anciano Simeón. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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