Ciclo B

DOMINGO XXXII T.ORDINARIO (ciclo A). DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA. 12 de noviembre de 2017

 

Sb 6,12-16: la sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan.

Sal 62,2.3-4.5-6.7-8: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

1Te 4,13-17: Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Mt 25,1-13: Velad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

Detente un momento y explícate a ti mismo a dónde te diriges. Si ya lo sabes, coméntate si merece la pena aquello, y, si la merece, qué estás haciendo para conseguirlo, de qué recursos dispones, con qué dificultades te encuentras. Para ello, pídele ayuda a Dios, que sabe. Buscar la finalidad de tu vida e implicarte en conseguirla no es de menor importancia. ¿No es así como se ejercita la sabiduría? ¿A qué mejor aspirar que a conocer el motivo de nuestra existencia y trabajar por consumarlo?

A san Pablo se le antojaba que la meta de su existencia se encontraba en la Resurrección. Cristo resucitado le salió a su encuentro y ya no halló más encanto en nada; todo lo demás lo consideraba basura en comparación con su Señor. Tanto era el deseo del encuentro con Él, del que aquellos primeros cristianos esperaban (como nosotros también ahora) que viniese de nuevo en gloria para la plenitud de los tiempos, que pensaban que esa venida iba a ser inminente y ellos mismos la iban a ver en vida. Esto les motivaba a estar alerta y esforzarse por una auténtica vida cristiana, buscando en todo la voluntad de Dios. Esa certeza de fe se les imponía y esto condicionaba su cotidianidad: si Jesucristo resucitado es nuestra meta, hay que poner en juego todo lo que somos y tenemos para ser configurados con Cristo resucitado.

Como la vuelta del Señor no llegó tan pronto como se esperaba, se hubo de vivir de otro modo la esperanza del cielo. El cristiano tuvo que aprender a esperar, sin descuidar su fidelidad diaria a Dios; dispuesto a escuchar en todo momento su palabra; consciente de dificultades y tentaciones en el trayecto de espera. Solo el que revitalizaba cada día su fe en el Señor se veía con la sed del Dios vivo para madrugar por Él, como proclama el salmista, con carne y alma ansiosa de Jesucristo, como una tierra reseca anhela el encuentro con el agua que la haga fecunda.

“¿A dónde vamos?” Pudieron preguntarse las diez doncellas. “A encontrarnos con el esposo”, responderían. “¿Qué nos hace falta”, se cuestionarían. “Ánimo para ir hacia Él, y lámparas para iluminar el camino en la noche”. “¿Cómo prepararemos las lámparas?” Si se hicieron esta pregunta, unas entendieron que con un poco de aceite para unas horas era suficiente, mientras que otras prefirieron llevarse un recipiente, una alcuza, con combustible, por si se alargaba la espera. Aquí estuvo la diferencia entre unas y otras, la espera se puede prolongar: es posible que el Señor no aparezca o no se haga visible en el momento en que creíamos, y, si estamos escasos de aceite de repuesto, puede que la lámpara se apague y quedemos en oscuridad. Hay que pertrecharse bien antes y con sabiduría. De otro modo mostraremos que no teníamos tanta sed de Dios ni tanto deseo de encuentro con Él, porque no tomamos suficientemente en serio la meta hacia donde ha dirigirse nuestra vida y nos descuidamos temerariamente, desaprovechando la riqueza de esta vida repleta de dones del Altísimo. Merece la pena detenerse y observar hacia dónde vamos, y si tenemos preparado todo lo necesario para llegar hasta allí. 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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