Ciclo B

Resucitó Aleluya, Aleluya ¡¡¡¡

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? Lc 24.5.

Él es luz de vida.

DOMINGO I ADVIENTO (ciclo C). 29 de noviembre de 2015

 

Jr 33,14-16: En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra.

Sal 24,4-5.8-10.14: A ti, Señor, levanto mi alma.

1Te 3,12-4,2: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos.

Lc 21,25-28.34-36: Estad siempre despiertos… y manteneos en pie ante el Hijo del hombre.

 

Necesitamos un término para la angustia, un límite al sufrimiento, un final para la incertidumbre. ¿Dónde ponemos el tope? La conclusión se nos impone: la muerte, lo cual atenta contra nuestros universales deseos de vida. Pero existen circunstancias en los que la vida parece que desmerece tanto que hasta surge el deseo muerte. Para vivir de determinado modo, lo que merece la pena es morir. La llegada a este punto es la conclusión de continuos empujones de los sentimientos de tristeza profunda, cuando se entiende la muerte como lo definitivo y la conclusión de todo el sufrimiento que se pueda vivir. ¿La angustia justifica el deseo de muerte?

El niño es fundamentalmente un investigador, y su búsqueda la realiza a través del juego; el adolescente necesita creer, quiere ideales; el adulto, algo a lo que servir, y se implica en hallar trabajo, familia, proyectos; el anciano, haciendo recapitulación de su trayecto, busca premio en el amor recibido. Sin pretender la exhaustividad, cada etapa de la vida pretende, como prioridad, una finalidad; detrás de cada una de ellas está la esperanza, que agita el deseo de vida y se sobrepone al de muerte, aportando un final que supera el tope de la desesperación tras el cual se puede preferir dejar de existir a tener una existencia desdichada.

            Encontrar motivos para vivir no es suficiente para una vida satisfactoria; nos podemos adaptar más o menos a las bondades y los zarandeos diarios, pues el movimiento natural es el de mantenernos vivos. Lo que urge es encontrar ideales para morir. Es decir, aquello por lo que estaría dispuesto a dar la vida. Algo por lo que estoy dispuesto a invertir mis esfuerzos, mi tiempo, a desgastarme. Dicho de otro modo, necesitamos un paraíso.

Lo cierto es que la situación actual no es excesivamente paradisíaca, y que los paraísos propuestos insistentemente se sostienen en la capacidad económica y de ocio. Todo lo que de algún modo reduzca alguna de estas dos fuerzas será interpretado como una amenaza. La amenazas principales vienen de los lugares donde nos encontramos con realidades humanas que requieren un gasto de dinero y de tiempo, que coincide, ¡extraña casualidad!, con las personas más frágiles y vulnerables. A muchos de ellos se les pide no vivir para que nos dejen vivir a nosotros. ¿Merece la pena vivir sin ellos? ¿Merece la pena morir por ellos? ¿A dónde nos lleva vivir sin Cristo? ¿A dónde nos lleva morir por Cristo?

            Los signos cósmicos que anuncia Jesús asustan. Toda decadencia de lo que creíamos imperturbable e imperecedero arrastra consigo nuestro miedo. ¿Qué será de nosotros cuando el sol y la luna y las estrellas traigan signos y tiemblen? ¿Qué nos cabrá esperar cuando el mar embravecido amenace a los hombres? No habrá miedo si la existencia vivida ha merecido la pena, si se supo morir por algo que mereció la pena, porque estos signos serán amenaza de muerte, pero anuncio de Vida eterna, la vida por la cual valió la pena desvivirse… por el que necesitaba una vida que se desgastase por él. Entonces veremos al Hijo del hombre, venido del cielo con gran poder y majestad. El que murió por nosotros aparecerá pletórico de Vida, para darla a cuantos les mereció la pena morir por Cristo. Ya lo esperaba Jeremías prematuramente (Jr 33,14-16), antes de que hubiese venido niño en un portal. Y es que, ¿habrá dejado alguna persona a través de la historia de esperar, en cierto modo, a “Alguien” por el que merezca la pena dar la vida?

            Cada Adviento nos trae una brisa de esperanza y una exhortación a la vigilancia, para tomar conciencia de aquello que retiene precisamente nuestra capacidad de esperar más allá de lo que nos ofrece esta vida, que se despreocupa del amor misericordioso de Dios. Cuidado con “el vicio, la bebida y los agobios de la vida”. Que no nos arruguemos ante los signos de decadencia; al contrario, que nos pongamos en pie, bien enhiestos, esperando a nuestro Salvador, que nos da motivos cada día para morir por Él y vivir eternamente en Él.

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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