Ciclo B

DOMINGO XXVI T.ORDINARIO (B). 27 de septiembre de 2015

 

Nm 11,25-29: ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!  

Sal 18,8-14: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

St 5,1-6: Llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado.

Mc 9,38-43.45.47-48: “Uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.

 

Nuestros bienes los delimitamos con el posesivo (mis tierras, mi trabajo, mis propiedades…), pero también lo empleamos para aludir a nuestra vinculación con las personas y con el mundo,  sirviéndonos como elemento de referencia para delimitar nuestro espacio. Acota, distingue de lo demás o lo asocia, y, en definitiva, tomándolo en su conjunto, tiene la misión para nosotros de señalar y proteger nuestra identidad mostrando unos vínculos específicos y no compartidos por todos. Decir “yo tengo” es, de algún modo, decir “yo existo”.

            Un exorcista furtivo que no pertenecía a los seguidores oficiales de Jesús despierta la censura de uno de los más señalados discípulos para rechazar su actividad. El motivo es que “no es de los nuestros”. El pasaje anterior, recogido en la lectura del evangelio del domingo pasado, nos desvelaba la preocupación de los discípulos por quedarse con el primer lugar. En esta ocasión es uno de ellos, Juan, el que reivindica un poder especial, el de expulsar demonios, solo para su grupo.  Ser los primeros y ser los únicos, lo auténticos, con primacía y potestad que distinguiese a los demás. El posesivo que vinculaba a los discípulos a Jesús, su Señor, su Maestro, se estaba convirtiendo en un instrumento discriminante y excluyente.

Ya existía en el Antiguo Testamento el antecedente de una situación similar, cuando Dios pasó el espíritu de Moisés a un grupo de ancianos y, sobrepasando el espacio destinado para ello, se posó también sobre dos que se encontraban distantes para que profetizaran. También en aquella ocasión hubo voces de censura (cf. Nm 11,25-29) y Moisés corrigió, aprobando que el espíritu estuviese también en ellos y deseando incluso que lo recibiera todo el pueblo. ¿Cómo restringir el don de Dios cuando Él lo quiere dar más allá de donde pensábamos o sin medida?

Esto puede movernos a considerar el uso que hacemos de nuestros posesivos y las implicaciones que trae consigo. Es bueno guardar una identidad y distinción, para lo cual utilizamos el “mi” y el “nuestro”, pero partiendo de una pertenencia que se anticipa y desde donde tienen que integrarse todas las demás: “somos posesión de Dios”, que nos ha creado y nos ha hecho para encontrar la plenitud en Él. Esto nos une en un vínculo primordial fundamentado en la paternidad divina, por el cual somos hermanos y, desde ahí, cuidadores y garantes de la prosperidad de los otros. Por tanto, siempre que se tenga en cuenta esto, las demás pertenencias han de ayudar a recordar y desarrollar ese principio: de Dios y para Dios. Puesto que la gloria de Dios es la felicidad humana, no debe haber posesión que atente contra ella.

A Santiago le hervía la sangre por observar a su alrededor una posesividad dañina de los bienes materiales con los que se hartaban unos a costa de la pobreza de otros. La situación no nos resulta remota y la observamos en situaciones de la micro y la macroeconomía, y la vivimos en también en el seno de nuestras propias comunidades cristianas. Hacerse poseedor de bienes en detrimento de otras personas es desposeerse de Dios. La distribución universal de los bienes, que no elimina el derecho a la propiedad de cada cual, es un principio de justicia cristiana.

Desde lo material, hasta tener la atención de dar un vaso de agua al seguidor del Mesías y tener la delicadeza de cuidar los comentarios para no escandalizar… el que se sabe de Dios y no una auto-posesión, buscar trabajar para Él y para el hermano hasta en el detalle. Si hay algo que entorpece esto, mejor es privarse de ello, aunque cueste, aunque lo creamos muy nuestro. Si por conservar lo “nuestro” perdemos a Dios, habremos hecho una pésima inversión. Lo “nuestro” ha de trabajar por la unidad. Precisamente, una antigua historia sobre el origen del diablo indica que el nombre de Satanás significa “el que separa”. El que se impuso a sí mismo la misión de ser rival del Dios de la unidad para separarnos de Él se cuela entre nosotros para crear enemistades, exclusiones, posesividades… estériles e hirientes. A este Satanás y sus secuaces lo expulsaba ese discípulo anónimo y no oficial. Si hay uno o muchos que trabajan por esa unidad y el bien de las personas, ¿seremos nosotros lo que nos pongamos de parte del diablo por nuestras envidias y celos y estrechez de horizontes? Un poco más, ¿no será uno de nuestros principales cometidos expulsar esos espíritus malos y ayudar a que todos los expulsen de todo lugar? ¡Ojalá y todos trabajasen así por el Reino, aunque aún no conozcan a Jesucristo!

 

Monaguill@s

 

 

 

 

 

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